EL HADA SILVERMIST, LA CIEGUITA Y SUS PAPÁS

EL HADA SILVERMIST, LA NIÑA CIEGA Y SUS PAPÁS

Un hombre pobre, sacristán de oficio, que desesperaba por convertirse en rico, encontró cierto día un pergamino dentro de un libro viejo que conservaban en la pequeña, antigua iglesia donde estaba empleado. Era una iglesia con muy pocos fieles y todos ellos desheredados de la fortuna por lo que, tanto el viejo cura que la tenía a su cargo como su único subordinado, el sacristán, apenas ganaban para mantener ocupados sus dientes con comidas muy frugales y eso que éste último contaba con la ayuda de su esposa que ganaba algún dinero limpiando casas.

Este sacristán tuvo una especie de corazonada y se llevó el pergamino a su casa y, mientras su esposa trabajaba y su niña ciega acudía a una escuela para invidentes, él se dedicó a examinar durante varios días los dibujos existentes en el pergamino llegando a la ilusionante deducción de que había dado con un plano que señalaba los pasos que se debían seguir para encontrar un fabuloso tesoro que se hallaba al otro lado del río, que pasaba cerca de su pequeño pueblo, enterrado al pie de un cedro gigantesco.

Por miedo a que su mujer lo regañara por haberse llevado un pergamino que pertenecía a la iglesia, y también por si su intento fracasaba, el hombre había ocultado a su familia las intenciones que lo animaban y una mañana, mientras su mujer trabajaba y su niña estaba en el colegio, decidió coger un pico y una pala y marchar a donde suponía existía escondido bajo tierra un fantástico tesoro.

Esta humilde familia poseía un periquito muy curioso e inteligente, pues había aprendido a hablar correctamente. Este periquito, tenía la costumbre, siempre que alguno de los miembros de la familia se dirigía a la puerta de la calle, de preguntarle:

—¿Pero se puede saber a dónde vas ahora?

—Voy al rio donde llegaré pobre, y regresaré rico —respondió el sacristán que iba ya cargado con un pico y una pala.

—Pues vaya cambio —burlón el pájaro, que gozaba casi siempre de muy buen humor, menos cuando se olvidaban de darle su ración de semillas o fruta.

Sin responder a su comentario, el hombre emprendió el camino que llevaba al embarcadero, y una vez allí comprobó que no había nadie cerca y se hizo con una barquita, sin molestarse en pedir permiso de su dueño. Con ella atravesó el río y ya en la otra orilla busco el cedro señalado en el mapa. Dio con él y entonces reparó en que el pie del árbol abarcaba una circunferencia de más de cinco metros y el mapa no señalaba el lugar exacto donde encontraba enterrado el tesoro.

—Bueno, tendré que empezar a cavar donde me parezca y dependerá de la suerte el que encuentre más pronto o más tarde lo que busco, porque lo tengo bien decidido, que de aquí no me iré sin mi tesoro —había usado el posesivo, porque su voluntad era encontrarlo costase lo que costase.

Al mediodía la esposa del sacristán fue al colegio a recoger a su hija y al llegar a casa las dos se encontraron con la desagradable sorpresa de que el hombre no había preparado la comida tal como tenía por costumbre. Conocedora de que el periquito sabía siempre todo lo que ocurría en aquella casa, la mujer le preguntó:

—Pepito, ¿sabes si mi marido ha ido a la iglesia reclamado repentinamente por el señor cura?

—No. Ese hombre se ha ido al río y me dijo unas palabras muy extrañas. Me dijo que iba para allí pobre, y que regresaría rico.

—¡Dios santo! ¿Se habrá vuelto loco mi marido? —se alarmó la mujer, pues lo pobres siempre temen que puedan ocurrirles desgracias.

Y diciéndole a su hija que se comiera el bocadillo que ella le había preparado, marchó para el embarcadero de río. La cieguita, preocupada por todo lo que había escuchado, decidió seguirla. Esta niña no veía, pero a falta de visión había desarrollado extremadamente el sentido del oído y pudo seguir a su madre a prudente distancia pues era capaz de percibir a mucha distancia sus pasos.

Pero cuando llegaron al río y su madre cogió una barquita, también sin pedir permiso, la niña se acercó a la orilla donde tuvo que detenerse y le entró tanta aflicción debido a las limitaciones que le presentaba su ceguera. Y de pronto, más allá del ruido de sus sentidos sollozos, escuchó una voz muy dulce preguntarle:

—¿Por qué lloras?

—¡Oh! No te he oído llegar. ¿Quién eres tú? Posees la voz más encantadora que he escuchado nunca —admiró la pequeña.

—Siento que no puedas verme. Seguro que te gustaría mucho mi bonito aspecto. Soy el hada Silvermist. Y me gustaría ayudarte. Me hace feliz ayudar a los niños.

Entonces la cieguita le contó las palabras que había escuchado decir a su madre y al periquito.

—Entiendo que puede ser un acertijo eso de: llegar al río pobre y regresar rico —concluyó su explicación la niña invidente.

—Soy muy buena con los acertijos. Se lo que significa éste. Mira, te voy a hacer un regalo. Quiero verte contenta. No te muevas de aquí.

El hada se sumergió en el agua y nadó hasta donde había reunido un tesoro con todas las joyas, gemas preciosas y monedas de oro y plata encontradas en el lecho del río. Escogió del montón de perlas allí reunidas la más grande de ellas, que tenía el tamaño de una nuez, regreso junto a la niña, y se la entregó diciendo:

—Esto es una perla freshwater, más valiosa que las perlas de la mar.

—Muchísimas gracias, hada Silvermist. No puedo verla, pero me gusta mucho su tacto —acariciándola con sus dedos.

—Ha sido un placer. Me gusta ver felices a los niños. Y ahora regresa a tu casa y quédate allí esperando el regreso de tus papás.

—No sabré regresar. Pude llegar hasta aquí siguiendo los pasos de mi mamá.

—¡Ay! No sé en qué estaba pensando. Apártate un poco de mí, que me sacuda el agua que empapa mis alas, para poder volar mejor.

—No sabía que podías volar además de nadar mejor que los peces.

—Las hadas poseemos poderes mágicos, por eso somos seres especiales —después de sacudir bien sus alas, el hada pidió—: Vamos, ahora levanta los brazos y agárrate muy fuerte de mi cuello.

La cieguita rodeó con sus brazos el cuello de Silvermist y ésta le advirtió:

—No te vayas a soltar, ¿eh? Podrías hacerte mucho daño.

—¡Oh, no! No me soltaré. Tan tonta no soy…

El hada Silvermist abrió sus blancas alas y emprendió el vuelo. Diez minutos más tarde, después de atravesar por puro capricho una nube que tenía forma de donut, descendió delante de la humilde vivienda del sacristán y su familia.

—Antes de irme te dejaré un acertijo para tu padre: Dale la perla y dile que en adelante no será, rico pero sí menos pobre y más feliz, pues con el dinero que le darán por la perla que te he dado, podrá pagar a médicos sabios que te ayudaran a recuperar la vista, que es la cosa que tú más deseas en el mundo.

—Me has leído el pensamiento —reconoció la cieguita—. Ver es lo que más, más quiero. ¿Te vas a ir ya? —entristecida ante la inminente partida del hada.

—Sí. Vuelvo al agua que es donde más a gusto me encuentro.

—Hada Silvermist, te quiero mucho por lo buenísima que eres.

—También yo te quiero. Quiero a todos los niños.

—Me gustaría poder hacer algo por ti —la niña agradecida.

—Bien. Canta a menudo. Yo te escucharé no importa lo lejos que esté, pues tengo un oído extraordinario, y me dará alegría escucharte.

—Ahora mismo te canto la canción del alma que se convirtió en una mariposa e iba libando de flor.

La cieguita comenzó a cantar, el periquito a imitarla y el hada Silvermist luciendo en su boca una gran sonrisa inició el vuelo de regreso al río.

Llegada allí, vio al sacristán y a su mujer sucios, agotados y desencantados, con sus manos vacías y doloridas por el duro trabajo realizado para nada, emprender el camino de su casa.

—La codicia raramente obtiene buena recompensa —comentó el hada Silvermist dando muestras de su habitual sabiduría.

Y acto seguido plegó sus alas y se zambulló en el río nadando despacio, dejando que su amiga el agua la acariciase con su suave, húmeda frescura.

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