JESULÍN, LA SEÑORA ARACELI Y EL MASAJE TAILANDÉS (Éste y más relatos de otros autores podéis encontrarlo en la Antología “Eros de Europa y América)

JESULÍN, LA SEÑORA ARACELI Y EL MASAJE TAILANDÉS

El muchacho levanta la tapa del váter y orina. Esta empalmado. Le disgusta ver su pilila tan crecida y dura. La castiga propinándole un bofetón suave, seguido de una regañina:

–Toma, por tonta, por cambiar de tamaño cuando te da la gana y entonces parecer, más hecha de madera que de carne.

Sacude ya el goteo final cuando escucha la bonita voz de su mamá:

–¡Jesulín!

–Voy, mamá.

El chico baja la tapa del inodoro, guarda su miembro exaltado, y se llega a la cocina donde su mamá lo espera y dice nada más verlo aparecer:

–Mira, hijo, quiero que le lleves este tarro de mermelada a la señora Araceli. Se lo prometí, y lo prometido es deuda.

Jesulín la dirige una mirada de adoración y declara en un tono cargado de ternura:

–Enseguida se lo llevo. Te quiero muchísimo, mamá.

–Y yo a ti, cielo mío. Dame un besito antes de irte.

Él se acerca, risueño, y le planta dos sonoros besos en las mejillas. Coge de las manos maternas el tarro de mermelada y macha hacia la puerta dando alegres saltitos. La madre lo sigue con ojos amorosos y piensa: <<Señor, Señor, qué maravilla de hijo me diste. Ni dándote las gracias mil veces al día, te pago yo el extraordinario regalo que me has hecho>>.

Jesulín cierra la puerta con cuidado. Los portazos hacen ruido, el ruido molesta a los vecinos y además perjudica el marco de la puerta. Tonta es la gente que no lo entiende así. Empieza a subir los escalones a la pata coja. Está contento. Motivos le sobran. Sus profesores elogian el interés que le pone al estudio, sus padres elogian lo bueno que es y justo el día anterior recibió el elogio del padre Alberto porque, al pasar por su confesionario, no tenía ni tan siquiera un pecado chiquitísimo que confesarle. <<Eres un chico muy especial, el sacerdote le dijo admirado. No vas de botellón como otros chicos, no piensas en las niñas, ni cometes actos impuros y haces todos los días alguna obra de caridad>>. <<Ni cometeré nunca actos impuros, padre Alberto. Me mantendré puro toda mi vida, para así agradar a mis padres, para así agradar a todas las demás personas que me quieren y, lo más importante, para ganarme el cielo>>, respondió con la firmeza de su fe inquebrantable.

Jesulín llega al rellano del segundo piso. Toca con delicadeza y brevedad el timbre perteneciente al apartamento de la señora Araceli. Sólo los mal educados pegan su dedo al botoncito y lo mantienen allí hasta hacer enfermar de los nervios a quienes hacen padecer esta prolongada tortura acústica.

La señora Araceli abre la puerta y lo recibe con una sonrisa encantadora. La señora Araceli tiene treinta y dos años, es morena, esbelta y reconocida por muchos como la mujer más guapa del barrio. Está casada con un abogado laboral. El matrimonio no tiene niños. Las lenguas viperinas del vecindario aventuran que no los tienen por puro egoísmo, porque como a tantas parejas modernas los niños significan trabajo y gasto para sus padres.

–Hola, señora Araceli –no menos encantador Jesulín–. Mi mamá me ha encargado traerle este tarro de mermelada –elaborada por ella–, que le prometió.

–¡Oh, qué bien! Tu mamá es adorable.

–Sí, muy adorable –complacido el muchacho con la alabanza.

–Pasa, pasa, quiero invitarte a un refresco por lo amable que eres –la hermosa mujer abriendo del todo la puerta.

–No es necesario. No quiero molestar, señora Araceli.

–No será molestia, sino deleite conversar unos minutos contigo. Mi marido permanece muchas horas en su despacho y yo me siento sola y necesitada de compañía.

–Siendo así, de acuerdo –servicial el muchacho.

Ella cierra la puerta. Caminan hasta el salón, coqueto, limpio, bonito.

–Toma asiento ahí en el sofá –indica la mujer del abogado–. Mira, tengo zumo de manzana y zumo de naranja. ¿Cuál prefieres?

–El de manzana, si no es mucha molestia –educadísimo el muchacho.

–Ninguna molestia, Jesulín.

La señora Araceli se dirige a la cocina. Jesulín se fija en el extraño vaivén que realiza el trasero de ella y cruza su mente un pensamiento compasivo:<<Pobre señora, parece que tiene algún defecto en sus caderas. Mamá no anda de esa manera, con tanto remeneo.


Regresa ella con dos vasos. Después de darle a Jesulín el que contiene zumo de manzana se queda con el suyo que lleva ginebra. Ocupa el sillón que le permite quedar frente a frente del muy azorado muchacho porque acaba de ver en mitad de las piernas de la mujer cuya falda quedó levantada varios centímetros por encima de sus rodillas, una ropa interior de rabioso color rojo, fina, de aspecto delicado que transparenta una oscuridad que tiene forma de triángulo. ¿Será una mancha? ¡Qué pena con lo bonita que es la prenda!

–Cuéntame cosas de ti, Jesulín. Apenas nos conocemos, y hablando dicen que la gente se entiende.

–Sí, sí, lo dicen. Pues verá, ayer estuve en el confesionario y el padre Alberto me elogió porque llevo, ni sé el tiempo, sin cometer pecado alguno.

A la señora Araceli se le elevan las bien curvadas cejas por la sorpresa que acaba de causarle las palabras de su interlocutor.

–¡Vaya, eres un chico muy especial!

–Eso dice siempre mi mamá, y mi papá también –contento con esta coincidencia.

La candidez del muchacho la excita. La esposa del letrado reconoce que la experiencia tiene su aquel, pero la inocencia es una puerta detrás de la que quizás puede encontrarse esa magia que embelesa y fascina. Un mar de poderosos anhelos inundan de repente su cuerpo esplendoroso. Y como la vida le ha enseñado que los osados alcanzan metas que los prudentes nunca consiguen, elabora un plan que la llena de embriagante excitación. Y decide ponerlo en práctica de inmediato. Dirige una seductora mirada al muchacho que delante de ella, con aire angelical, bebe del vaso que le sirvió. <<Es bello como un ángel y tan cándido como uno de ellos. Siento una irrefrenable necesidad de ser perversa con él. Y lo seré>>.

–Oye, Jesulín, ¿te han hecho alguna vez un masaje tailandés?

El abre al máximo sus grandes, ingenuos ojos negros.

–No, nunca, señora Araceli. Ni tan siquiera sé lo que es un masaje tailandés. Ignorante que es uno –con un gracioso mohín de disculpa –. Como jamás he salido al extranjero.

–Supongo que sí abras oído decir más de una vez, que el saber no ocupa lugar.

–Sí, sí, claro que sí. Mi mamá y mi papá me lo dicen a menudo, para animarme a que estudie y aprenda cosas.

–Pues bien, yo estoy dispuesta a hacerte un mensaje tailandés, porque tengo la seguridad de que te gustará. ¿Qué dices, Jesulín?

La señora Araceli lleva muchísimo tiempo sin escuchar su corazón latir con tanta fuerza, ni sentir tan abrasante calor de su ombligo para abajo.

–Señora Araceli, ¿de veras cree usted que me gustará que usted me dé un masaje tailandés –indeciso el muchacho, nervioso el gesto con que echa hacia atrás sus largos y sedosos cabellos castaños.

–Oh, estoy totalmente segura de que te gustará muchísimo.

Jesulín agita con elegante gracia los hombros y decide:

–Bueno…

–Ven, dame tu mano –la mujer recomendándose calma, no vaya a despertar la desconfianza del chico, refrena la urgencia que se ha apoderado de ella.

El muchacho se levanta y, con timidez, coge la mano que, ya de pie, le ofrece la bella mujer. A ella la mano le tiembla y la respiración se le ha acelerado mientras conduce a su cándido vecinito al dormitorio conyugal. Ya dentro de él, le pide con una voz que le sale bastante menos firme de lo que pretende:

–Y ahora tiéndete de espaldas encima de la cama.

–¿Encima de la cama? –él, desconcertado, dudoso, cogido por sorpresa.

–Sí, para que el masaje haga efecto hay que ponerse cómodo.

–¿Me quito los zapato para no ensuciar el cubre? –considerado.

–Sí, y quítate también los pantalones.

Jesulín se la queda mirando, perplejo, el sonrojo cubriendo ya la totalidad de sus mejillas de melocotón.

–Si me quito los pantalones quedaré en calzoncillos –expone con apuro.

–Claro, es lo normal –cada vez más excitada la mujer, con la situación tan insólita que ella ha creado–. Es imprescindible para hacerte un masaje tailandés.

–Aparte de mi mamá y mi papá nunca nadie más me ha visto en calzoncillos.

–No te da vergüenza de mí, ¿verdad?

Enseguida se da cuenta de que acaba de cometer un fallo.

–Sí me da, y mucha –sincero, sin decidirse.

–Que no te dé ninguna vergüenza, Jesulín. Piensa que yo soy tú mamá o tu papá.

El muchacho deja escapar una risita nerviosa.

–Señora Araceli, usted no se parece nada a mi mamá y todavía menos a mi papá.

–Seguramente, pero aspiro a quererte tanto como te quieren ellos.

Interpretando sinceridad en sus palabras, Jesulín siente un golpe de ternura conmoverle el corazón. ¡Qué bonito tener una mamá tan joven y bella! Hasta su papá ha dicho, alguna que otra vez, que la señora Araceli es una mujer muy hermosa.

–Bueno…–decidiéndose.

Se libra de los zapatos y los pantalones, y la señora Araceli está a punto de gritar de entusiasmo cuando ve el escandaloso bulto que deforma la tela de la prenda interior de Jesulín. <<¡Dios bendito! ¿Será cierto lo que están viendo mis ojos, o la fantasía se ha adueñado de todos mis sentidos y veo lo que deseo ver y no lo existe en realidad?>>

–Túmbate en la cama, por favor Jesulín ?pide, la emoción atenazándole la garganta.

El muchacho obedece y ya de espaldas sobre el lecho le da con la mano un golpe a su tremenda erección.

–¿Qué estás haciendo? –extrañada la mujer.

Jesulín, aturrullado, confiesa:

–Castigo a mi palito por lo caprichoso que es, pues cuando le viene de capricho me causa la molestia engordar mucho y ponerse duro como si en lugar de ser de carne fuera de madera.

–Querido, Jesulín, no tendrías que castigar, sino premiar a tu palito por realizar una transformación tan maravillosa.

–¿Le parece maravillosa esta transformación tan tonta? ?desconcertado, observándola con los ojos muy abiertos.

–Oh, sí. Muy maravillosa.

Él pone cara de no comprenderla. La señora Araceli tienen que echar mano de toda su fuerza de voluntad para no coger con manos codiciosas el potente miembro del muchacho y succionarlo hasta sacarle la última gota de sus esencias. Teme que si lo asusta, él huirá de ella causándole la mayor frustración de toda su vida.

–Bueno… ¿Me da ya ese masajito, señora Araceli? La verdad es que estoy sintiendo mucha curiosidad –confiesa sincero, sin malicia, superado el bochorno inicial.

–Enseguida te lo doy, cariño.

La enfebrecida mujer se sube la falda y con toda la rapidez que le permiten sus trémulas manos se quita las medias negras que lleva puestas y subiéndose, acto seguido a la cama pide a Jesulín que levante un brazo y, cuando él obedece lo ata por la muñeca a uno de los barrotes del cabezal. Luego toma la otra muñeca del chico y repite la operación. Entonces surge el primer signo de rebeldía por parte de él.

–Señora Araceli, usted perdone, pero no me gusta estar atado.

–Ya verás cómo sí te gusta y muchísimo… Te lo garantizo…

Siente la mujer que el corazón le atruena enloquecido de deseo y nota entre sus piernas una notable mojadura y un calor abrasante. Con premura, acuciada por la impaciencia, se quita la totalidad de la ropa que viste.

Su figura escultural deja boquiabierto de admiración a Jesulín. Es la primera mujer desnuda que ve. Él nunca había imaginado que las prendas de vestir ocultaban tan extraordinaria belleza, e intuye que es reacción natural que la parte de su anatomía que él llama su “palito caprichoso” esté a punto de estallarle de la excitación tan grande que experimenta.

–¿Por qué se ha desnudado, señora Araceli? –logra balbucir, atónito ante la inexplicable conducta que muestra la mujer más hermosa del barrio.

–Para tener más libertad de movimientos, cielo.

Acto seguido, ella comienza a tirar hacia debajo de los calzoncillos blancos, clásicos que él lleva puestos.

–¿Señora Araceli, es esto necesario? –sintiendo enorme vergüenza.

–Imprescindible, Jesulín –asegura.

Suelta ella los calzoncillos que caen al suelo justo encima de los zapatos y los pantalones del muchacho.

–No me mire por favor –rojo de pudor Jesulín.

–No me pidas un imposible, cariño. Deseo mirarte y contemplarte. Eres el chico más bello del mundo. Y ahora mismo comienzo a hacerte el masaje tailandés.

La enardecida mujer sube a la cama, coloca una rodilla a cada lado de las adolescentes caderas del muchacho que la observa intrigado, los ojos doblados de tamaño y la respiración acelerada. Conseguida la posición que quiere, la señora Araceli aplasta su empapada, palpitante, abrasante vulva contra el estómago de Jesulín e inclinándose le va pasando los sensibles pechos, de pezones ya endurecidos, por el tórax del muchacho, y luego se los acerca a la boca entreabierta, jadeante y primero uno y después el otro, le pide que se los bese. Él obedece porque la extraña situación que está viviendo le causa un goce intenso, desconocido. Los pechos de la mujer le provocan una cosquillas deliciosas. Los llena de besos y le sorprende agradablemente las muestras que ella da de que le place su conducta. <<Le gusta, le gusta. Qué bien>>, adorablemente ingenuo.

La señora Araceli siente el palito de Jesulín presionándole la juntura que separa sus espléndidas, esféricas, nalgas gemelas. <<Santo cielo, la hermosura que posee este inocentón sin él apreciarlo, ni valorarlo. Yo sí lo haré. ¡Vaya si lo haré>>.

–Huy que excitado te siento, cielo.

–Me siento raro ?reconoce el muchacho–. Creo que me gusta mucho el extraño masaje que me está dando, señora Araceli.

–Pues lo que va a seguir ahora te gustará infinitamente más –ella incapaz de aguardar más tiempo el deseo que ya la trastorna por completo –. Fíjate que funda tan bonita tengo yo para tu gran palito.

–¡Ah! También usted lo llama palito –riéndose encantado–. ¡Huy!, lo que me está haciendo, señora Araceli.

–¿Te gusta, mi cielo? –cargada de ternura la voz.

Jesulín se estremece todo al ayudarle ella a penetrar en la cálida, sedosa, deslizante hendidura y, espontaneo y sincero, declara:

–Huy, señora Araceli, me gusta más que nada conocido por mí antes. Pero muchísimo más.

–Te voy a hacer hombre y tú me vas a hacer mujer.

–No entiendo qué quiere decir con estas palabras, señora Araceli –aturdido.

–No hace falta, cielo. Tú disfruta este momento y no pienses en otra cosa.

Muy lentamente la mujer empieza a subir y bajar cubriendo todo y descubriendo solo parte del empinado miembro de Jesulín. Él cierra sus cándidos ojos y se relame los labios, entregándose al mayor placer de toda su joven vida.

Y la mujer observando el gozo que expresa el rostro del muchacho inocentón, siente aumentar el suyo. <<Generoso Dios de los cielos, ¿por qué me excita tanto la inocencia, la pureza? ¿Es por amor a tan bellos sentimientos, o por perversidad?>>

No continua con sus reflexiones, de repente Jesulín deja escapar un grito de inconmensurable placer mientras entre poderosas convulsiones descarga abundantemente, dentro de ella, todo el esperma que lleva almacenando desde que alcanzó la pubertad.

El muchacho siente que se está muriendo, pero es la suya una muerte tan dulce, tan placentera, que no le importa. Jamás se ha sentido más vivo que ahora muriéndose.

Y casi inmediatamente es la señora Araceli la que se convulsiona violentamente y abrazándose a Jesulín le dice palabras tan cariñosísimas que ni siquiera a su adorable madre él se las ha escuchado nunca.

Poco a poco el chico va regresando a la realidad. Siente apretado contra él el sedoso, perfumado cuerpo de la señora Araceli y exclama espontáneo:

–¡Señora Araceli, la adoro!

–Y yo a ti, mi amor –agradecida y conmovida ella, cubriéndole el angelical rostro de sentidos besitos.

–Me gusta, me gusta … Me gusta muchísimo el masaje tailandés –reconoce Jesulín riendo de felicidad–. ¿Puede darme otro masajito tailandés más, señora Araceli? Por fa… –suplicante.

–Claro –complaciente y complacida–. En cuanto tú palito caprichoso se ponga de nuevo duro como la madera.

Y para ayudarle a conseguirlo, ella se lo acerca a sus labios cálidos, gordezuelos, y la reacción por parte de la carne que con tanto deseo estimula responde con un nuevo y poderoso alzamiento.

–¡Mire, mire, señora Araceli! –entusiasmo el inocente–. Ya está listo mi palito para que le haga otro masaje tailandés. Y por fa, suélteme las manos, me duelen del deseo tan grande que tienen de tocarla.

–Pobrecillo. Ahora mismo te suelto para que puedas tocarme todo lo que desees.

Ella lo desata y Jesulín lo primero que hace es cerrar sus ávidas manos en torno a los duros, puntiagudos, sensibles pechos de ella que vibran de puro placer al sentir sus torpes pero amorosas caricias.

El segundo orgasmo, por su larga duración, los dos lo disfrutan todavía más. Se ha secado la mujer con una toalla el semen que se le ha salido, y se lo está limpiando también al muchacho, cuando a él un súbito pensamiento le despierta la alarma.

–¿Qué hora tenemos ya, señora Araceli? En casa comemos a las dos, y mamá se enfada mucho si papá y yo no estamos sentados a la mesa a esa hora en que ella nos tiene el almuerzo preparado.

–Falta un cuarto de hora para las dos –consultando el relojito que antes de desnudarse depositó encima de la mesita de noche y, entrándole prisas también pues a las tres llegará su marido y ella se verá obligada a preparar a toda velocidad la comida–. Vamos a vestirnos.

–Señora Araceli, he podido venir esta mañana a su casa, porque en el colegio hacemos puente, pero mañana no podre y yo quiero que me dé más masajitos tailandeses –con los pantalones todavía en la mano y su caprichoso palito apuntándola a ella.

–Y yo también quiero darte muchos masajitos más, cielo; pero esto tenemos que mantenerlo secreto porque mi esposo me prohibiría que te diera más masajes, y lo mismo harían tus padres. ¿Y nosotros no queremos que nadie nos prohíba algo que nos gusta tantísimo, ¿verdad, Jesulín?

–Verdad, señora Araceli.

–Bien. ¿Puedo confiar en que sabrás guardar este importantísimo secreto?

–A nadie diré ni media, señora Araceli. ¿Sabe una cosa? Yo ya no podría vivir sin estos maravillosos masajes tailandeses que usted me da ?muy serio y convencido de lo que ha dicho.

Se despiden, antes de que la mujer abra la puerta, con dos castos besitos en las mejillas.

–La doro, señora Araceli.

–Y yo te adoro también a ti, Jesulín.

Y a partir de este día todas las tardes que pueden, la señora Araceli le hace un masaje tailandés a Jesulín, y él la riega el maravilloso tunelito ?como le encanta llamar a la vagina de esta hermosa mujer, con su generoso y poderoso semen.

La naturaleza, cuando le da la real gana, es infalible. Ha transcurrido mes y medio desde que Jesulín y la señora Araceli disfrutaron su primer masajito tailandés, y mientras  almuerzan la mamá de Jesulín le dice al papá del muchacho:

–Esta mañana hemos coincidido en la panadería la señora Araceli y yo. Y la señora Araceli me ha contado que su marido y ella van a tener por fin un niño. Diez años de matrimonio sin conseguir que ella quedara embarazada y ahora por fin lo está. Cosas increíbles que pasan.

–Asunción, la constancia suele conducir al éxito –sentencioso él–. Supongo que la señora Araceli estará muy contenta.

–Contenta es poco. Rebosa felicidad por los cuatro costados.

–Y es de suponer que el marido también.

–Naturalmente. Los dos estaban desesperados por conseguir descendencia. Les gustan mucho los niños, según me ha dicho ella.

Jesulín que desde hace algunas semanas ha perdido parte de su inocencia, cuando por fin puede retirarse a su cuarto, rompe a llorar. Todas las enseñanzas sobre sexo recibidas en el colegio y voluntariamente olvidadas por él por considerarlas cochinas y pecaminosas, su mente traidora las ha recuperado. Y está asustadísimo por lo que sospecha ha podido ocurrir debido a la práctica del masaje tailandés con la adorable señora Araceli.

Y a la tarde, angustiado y temeroso, acude a la casa de ella que, nada más cerrar la puerta, le cubre el rostro de sentidos y apasionados besos.

–¡Ah, qué te quiero, mi adorable Jesulín! –exclama arrebatada.

Él espera que se le pase la apasionada explosión, para decirle balbuceante, mirándola con la esperanza de que ella lo niegue:

–Señora Araceli, mientras comíamos mi mamá le ha dicho a mi papá, que usted va a tener un niño.

–Jesulín, voy a tener un niño dentro de menos de ocho meses, y es tan grande mi felicidad, que reviento por dentro.

–¿Y ese niño puede ser…? –aterrado ya, Jesulín.

–Puede. ¡Pero qué más da, cielo! Un niño es lo que yo quería. Y soy inmensamente feliz por voy a tenerlo. Lo demás es secundario. Tranquilízate. Y vamos a la cama que muero de ganas de darte un masajito tailandés, hombretón.

–Vamos.

Ella nunca antes le había llamado hombretón, y de repente Jesulín siente que lo invade una oleada de orgullo, pues ahora está seguro de que él ha conseguido en unas pocas semanas lo que el señor Pascual, el marido de la señora Araceli no ha conseguido en más de diez años.

–Señora Araceli, sus masajitos me gustan más que todas las demás cosas de este mundo. Que lo sepa.

–No hace falta que lo jures. Se te nota muchísimo.

Y camino del dormitorio van sembrando el suelo con sus ropas, pues Jesulín ha perdido por completo su pudor y conoce, ahora más que nunca, lo muchísimo que es querido por la mujer más hermosa de su barrio.

Esta vez es él quien cae sobre ella y la ata a los barrotes de la cama con las medias negras.

Y cuando Jesulín la embiste con su palito que ya parece hecho de madera, el angelito que él regaló a la señora Araceli para su cumpleaños y que ella ha colgado allí encima del cabezal suspira y dice con la voz sin sonido que poseen los querubines:

–Dios de los cielos, pero qué bonito es el amor libre.

 

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