ANUNCIOS NECROLÓGICOS (OTRO RELATO PREMIADO DE MI AMIGO EL ESCRITOR RAMÓN CABRERA NAVEIRAS)

obreros-descansando

Finalista certamen relatos Querido  Borges 1996 (Hollywood, California, USA)

Primer premio de relatos Villa de Cifuentes 1998

Ramón Cabrera Naveiras

ANUNCIOS NECROLÓGICOS

-Celedonio Barbas Utrillo…

Celedonio, panza arriba, se entretenía en contar las estrellas del cielo. Llevaba ya doscientas diecisiete y, por las que le faltaban, estaba seguro de que no llegaría a la última ni con todas las noches de su perra vida.

-Celedonio Barbas Utrillo…

Celedonio dio un respingo y perdió la cuenta. Ya no sabía en qué estrella estaba. Todas eran lo mismo, igual de lejanas y brillantes, igual de perdidas en aquel firmamento inacabable.

– ¡Joder, has hecho que me descontara! Qué quieres…

-Se están retirando.

Celedonio se incorporó. Aguzó la vista para ver en la oscuridad. Cantando, medio borrachos, varios hombres se alejaban camino arriba. Subían dando traspiés, apoyándose los unos en los otros. Más que verles, se les intuía. Aquí y allá, en la falda del cerro, de los rescoldos moribundos a la entrada de las cuevas se elevaban pequeñas y caprichosas columnas de un humo grisáceo. En el Cotanillo ya no había nadie. El reloj luminoso de la iglesia del pueblo señalaba las tres y tres fueron los tañidos de la campana.

-Se acabó la juerga -Leoncio, sentado en el ribazo, aspiró profundamente una, dos, varias veces-. ¿No hueles…? Aroma de chuletas…

Celedonio no contestó. Celedonio no respondía a casi ninguna de las preguntas que le hacían. Ni aunque se las hiciera la mismisíma Guardia Civil.

Leoncio insistió:

-Buen cordero. Se nota por el olor… ¿Cuánto tiempo hará que…? ¡Maldita miseria! ¿Tú crees que se habrán dejado alguna?

A Leoncio se le hizo la boca agua pensando en esa remota posibilidad. El hambre le había vuelto más viejo de lo que era: le había encorvado, arrugado, dado a su piel el color triste y apagado de la ceniza antigua. Únicamente recordaba haber comido más o menos bien, y con regularidad, en la cárcel. Fuera de ella…

-¿Qué? ¿Vamos ya?

-Aguarda un rato -Leoncio era hombre precavido. No quería regresar al pozo del que acababa de salir-. Cuando estén dormidos. Bien dormidos… En los negocios las prisas no son buenas. Es el momento oportuno la clave del éxito, ¿sabes? Lo he leído.

Leoncio se las daba de instruido, de haber corrido mundo, y le gustaba demostrárselo a su joven compañero con frases ajustadas.

Celedonio se estiró de nuevo sobre la hierba. Distraídamente arrancó un tallo y comenzó a mascarlo con parsimonia de rumiante, a extraerle el jugo, entre ácido y dulzón. Un pájaro, tal vez una lechuza, removió las ramas de un árbol cercano. Leoncio, bajo el puente, encendió un cigarrillo y se dejó llevar por sus pensamientos y por el murmullo del Cifuentes que, a sus pies,  trotaba frío, henchido y alborotador en busca del Tajo.

-Celedonio Barbas Utrillo…

Le agradaba llamarle así, al completo, aunque no estuviese seguro de que verdaderamente ésos fuesen su nombre y apellidos. Sin conocerle, le parecía entonces que le era menos desconocido, que de alguna manera, ciertos o falsos, algo revelaban del pasado de Celedonio, seguramente turbio como el suyo. Le encontró en el camino de Brihuega, junto al Tajuña, hacía ya varios días, y en todo el tiempo que llevaban juntos no fue capaz de sonsacarle nada más. Tanto daba. Ambos eran como las hojas que son arrastradas por los ríos: poco importa en qué lugar han caído en la corriente ni en qué otro terminarán su anónima aventura. Un nombre, en esas circunstancias, bastaba. Un nombre, cualquiera, ya era mucho.

Pensó entonces que, semanas atrás, no eran más que un número.

-Celedonio… ¿Cuál era tu número en el penal? El mio 2325.

-Ya me gustaria saber contar hasta ese número…

-Olvídalo… -Leoncio tosió. Dejó caer lo que le quedaba del cigarrillo al suelo y lo aplastó con el zapato-. La jodida bronquitis… -Suspiró-. De todas formas tuve suerte. Muchos acabaron tuberculosos. Recuerdo a un tal Jimenez o Hernández, no sé. De nombre Miguel, eso sí. Era poeta. Se casó en la celda escupiendo sangre y luego se murió. ¡Que putada! Un buen chaval. Lei unos versos suyos. No entendí nada pero me gustaron. Hablaban de los “los  cojones del alma” ¡Los cojones del alma! ¿Qué cosas, eh?

Celedonio no dijo nada. Parecía haberse dormido con la brizna de hierba entre los labios.

**************************************

Pasaban de las cuatro cuando, entumecidos por el relente, emprendieron la marcha dando un enorme rodeo para evitar las casas. Desde el cerro de la Cruz se veían los tejados del pueblo, de color amarillo sucio bajo la luz de la luna, y sobre el Cerrajón, apenas perfilada como una mancha gris sobre un lienzo negro, la fábrica de harina. Ladridos de perros solitarios se oían en la distancia. Mientras Celedonio apartaba a patadas las piedras del sendero, haciendo bambolear el saco que cargaba al hombro, Leoncio explicaba:

-Se me ocurrió la idea por los periódicos. Yo leo mucho, me informo. Periódicos que busco en las papeleras, claro, entre los que a veces encuentro uno del día o del día anterior. Y supuse que, con suerte, podría ser un buen asunto. No para hacernos ricos enseguida, pero sí para ir tirando, para aliviar el hambre y la penuria. Hasta que vayamos a Madrid. Allí será otra cosa: dinero largo y seguro. Tengo contactos, buenas amistades… Antes, sin embargo, hay que entrenarse. Y para ello lo mejor son estos pueblos.

Leoncio no estaba seguro de que Celedonio prestase atención a sus palabras. Celedonio apenas hablaba, pero aún menos escuchaba. Celedonio parecía tener una fijeza, una mala obsesión escondida en sus silencios.

Cuando llegaron a la Soledad, buscaron la tapia del cementerio. Un gato, asustado, brincó desde algún sitio desapareciendo en la oscuridad. Una pareja de murciélagos trazaba extraños arabescos invisibles bajo la bóveda lisa, negra y brillante como el granito, del firmamento.

-Primero el saco -dijo Leoncio.

Celedonio arrojó el saco por encima del muro. A un ruido sordo sucedió enseguida otro metalico, de hierros golpeándose.

-Yo hago el agujero pero tú limpias el muerto. A mí eso me da asco.

Leoncio asintió con la cabeza.

-Ayúdame. Ya soy viejo y me duelen los huesos.

-Los cojones del alma, te duelen -rió Celedonio.

Leoncio se subió encima de su compañero para agarrar el borde de la tapia, sobre la que se montó a horcajadas. Luego saltó al interior del recinto. Celedonio le siguió con la agilidad de un felino. Anduvieron unos minutos a tientas entre cruces y sepulcros. Finalmente, un rectángulo de tierra trabajada no hacía mucho les indicó que aquél era el sitio.

-Es una mujer -A Celedonio se le ocurrió una broma macabra y obscena-. No seas guarro… Murió hace tres días. Y era vieja. Más que yo.

-Todas las mujeres son iguales, y las muertas mucho más.

-No, hay muertos y muertos -Leoncio se agachó y escarbó el terreno con las manos-. Será fácil, ya verás. Además, pasados unos días no habría quien aguantara el hedor. Y ya estaría colocada la losa.

Celedonio tomó del saco un pico y una pala y comenzó a cavar. La tierra estaba suelta y avanzaba con rapidez. A la media hora ya había ahondado más de un metro.

-Sólo hay que leer los anuncios necrológicos.

-¿Los qué? -preguntó Celedonio, dándose un respiro.

Hablaban en voz muy baja y casi no se oían.

-Los anuncios necrológicos…

-¿Y eso que son?

-A los muertos decentes se les anuncia en los periódicos. Los muertos que son alguien, no como tú o como yo. Y se les pone una lápida con nombre y apellidos. Pero lo más importante es el anuncio, para que la gente se entere, acuda a tu funeral y te rece, y te respete y recuerde. Por eso te decía que hay muertos y muertos.

-Muertos y números….

-A menudo pienso en mi hermano, del que me han dicho que mataron de un tiro en la nuca tres días antes de que acabara la guerra. No sé ni dónde está enterrado, si es que no lo tiraron por un barranco o al fondo del mar. ¿Tú crees que eso es buen morir? -Celedonio había cogido otra vez el pico y apenas se le veía dentro del hoyo. Paladas de tierra saltaban a la superficie-. No, yo no quiero acabar así. Así sólo mueren las bestias del campo. Y yo soy un ser humano, no un número ni un lobo. Con lo que saquemos a partir de ahora, ¿a medias, eh?, abriré una libreta de ahorro para el día de mañana. Leoncio Moranchel Pulido, así me llamo. Acuérdate y hazme salir en los diarios con una cruz encima de mi nombre. Y si sobra dinero, quédatelo, por las molestias. ¿Lo harás, Celedonio Barbas Utrillo?

La cabeza de Celedonio asomó por el agujero.

-Ya lo hice. Es tu turno.

-“Leoncio Moranchel Pulido, estuviste entre nosotros, y ya te has ido” Eso es lo que me  hubiera puesto en la lápida el poeta ese Jimenez o Hernández… -dijo finalmente, antes de ocupar el lugar de Celedonio.

Ahora era Leoncio el que estaba abajo, intentando abrir la caja. Celedonio esperaba, recostado en un ángel de piedra, con los ojos cerrados y las manos detrás de la nuca. Leoncio mascullaba maldiciones:

­¡Esta mierda de ataúd! ¿Para qué tantos clavos?

En la cara de Celedonio se dibujaba una extraña sonrisa. De repente se estremeció. Pronto amanecería y había que darse prisa. Preguntó, sin moverse:

-¿Qué tal va?

-Abierta.

Leoncio se alumbró con un mechero: un anillo en el dedo índice de la mano derecha, una cadena alrededor del cuello…, nada más. Y ni siquiera de plata. No se atrevió a abrirle la boca en busca de muelas de oro. La próxima vez, quién sabe… Por la boca podía regresarle el alma y despertar. Leoncio enumeró a Celedonio sus hallazgos.

-¿Eso es todo?

-Todo.

-¿Estás seguro?

-Si.

Celedonio se dijo que era muy poco para repartir, que bien mirado no había ni para uno. Cogió una piedra y se asomó al foso. Leoncio, sentado junto al féretro, se esforzaba en arrancar el anillo del dedo de la muerta. Celedonio pensó que iba a ser fácil. Y soltó:

-Lo siento por tu anuncio…. ¿cómo coño era? -A Leoncio no le dio tiempo a responder. La piedra le acababa de abrir una profunda brecha en el cráneo-. ¡Ah si, neurológico, neurológico…! -recordó.

***************************

A la altura de la fuente del Pozuelo, Celedonio se detuvo unos instantes. A Leoncio lo había dejado con la muerta, bien cubiertos de tierra los dos.

-Leoncio Moranchel Pulido, viviste mal y la diñaste jodido. Eso es lo que se me ha ocurrido ahora que pondré en tu tumba -murmuró para sí, mientras se lavaba las manos de sangre y barro.

Y dejó escapar una sonora carcajada. Luego, silbando una vieja melodía, se perdió por los caminos de la sierra con las primeras luces de la mañana.

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