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¿QUÉ TE HA PASADO JUSTICIA? -ACTUALIDAD-


¿QUÉ TE HA PASADO JUSTICIA?
¿Qué le ha pasado a la Justicia? Le ha pasado lo inevitable. Lo inevitable siendo ciega, que los lazarillos en los que confía la llevan por senderos donde se extravía y pierde la eficacia y la rectitud que quisieron darle quienes la crearon.
¿Qué le ha pasado a la Justicia? Le ha pasado lo inevitable, que se ha convertido en desorientada viajera extremadamente útil para los lazarillos que la llevan por los caminos que favorecen a los que más tienen y perjudican a los que carecen de todo.
Por favor, que algún cirujano sabio y justo le devuelva la visión a la señora Justicia para que pueda escoger por sí misma los buenos caminos que le prepararon aquellos hombres íntegros, honrados y solidarios que la crearon.
¿Qué te ha pasado justicia? Milonga de Carlos Ramón Fernández
https://www.youtube.com/watch?v=O54w0wYh2qA&list=RDO54w0wYh2qA#t=17

ARMARIO (MICRORRELATO)

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En un extraordinario ataque
de remordimientos, ella guardó
en el armario de la hipocresía
todos los besos, todas las caricias
y todos los orgasmos que había
tenido con su amante secreto
y volvió a ejercer otra vez más
de esposa decente, ejemplar
y reprimida. Dependería de
lo que le durasen los remordimientos,
el que ella volviese a las andadas.
Los antiguos, con su falta
de delicadeza dirían de ella:
“que la cabra tira siempre al monte”.

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DESPUÉS DEL AMOR, POSIBLEMENTE EL SENTIMIENTO QUE LE SIGUE EN CALIDAD ES LA AMISTAD. ESTO LO DEDICO A LOS QUE PIENSAN IGUAL QUE YO, Y TAMBIÉN A LOS QUE DIFIEREN, PUES LA AMISTAD ES LIBRE COMO EL VIENTO Y NADIE ESTA OBLIGADO A ACEPTARLO. ABRAZOS.

FÓRMULA PARA CURARSE DE UN DESAMOR (MICRORRELATO)

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Cuando una hermosa relación termina
es imprescindible dejar que,
lo bueno y lo malo que hubo en ella,
la corriente del río del olvido se lo lleve.
No amargarse recordando canciones
románticas escuchadas juntos,
ni recordando deliciosas veladas íntimas,
ni tampoco apasionadas caricias,
ni perfumes embriagadores,
ni placeres sexuales.
Hay que hacerse muy fuertes,
convencerse de que la vida es sabia
y nos quita siempre todo aquello
que ya no nos sirve.

SIN ELLA (MICRORRELATO)

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No quiero salir a la calle. No quiero ver nada ni a nadie. Ni que nadie me vea. Aquí, encerrado en el dormitorio, la sigo teniendo. Sigo percibiendo su perfume, escuchado su amada voz, sintiendo su presencia a mi alrededor. Escucho su andar ligero, su caminar de pasos suaves, elegantes. La cercanía de su almizclado, amoroso aliento.
Aquí dentro, ella todavía existe para mí. Si abandono esta habitación la habré abandonado también a ella, y eso no puedo hacerlo, no debo hacerlo, no quiero hacerlo.
Por entre los visillos de la ventana, que sus primorosas manos elaboraron, advierto que está oscureciendo. Se desvanece poco a poco la claridad del día. Es una circunstancia exterior que no me afecta. Dentro de mí se hizo noche, noche eterna, a partir del momento en que la perdí. Noche oscura, negra, fatídica, macabra, que me envolvió con su negro y siniestro manto dejándome sin luz interior.
Cuando unes de verdad tu vida y tu alma a otra persona quedas solo con la mitad del ser humano que eras antes de realizarse esa prodigiosa unión, y esa mitad que diste ya no puedes recuperarla nunca más. La has perdido para siempre. Se la llevó ella.
Y con esa mitad que me queda ahora debo yo seguir viviendo, ¿pero puede llamarse vivir a lo que uno hace cuando está muerto por dentro?

LA MUJER QUE HABLABA A LAS PALOMAS (MICRORRELATO)

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Mañana soleada. Parque céntrico de la ciudad. Una mujer de unos cincuenta años, mientras les da de comer a un numeroso grupo de palomas que la rodean, les habla, les pone cara seria, les reprende, les aconseja, les sonríe, les dice cosas tiernas.
Las palomas comen y emiten sonidos de imposible interpretación para los humanos no dedicados a la colombófila.
Otra mujer, que lleva un rato observándola con cierta curiosidad, se acerca a la mujer que proporciona alimento a las aves y, en un tono entre afectuoso e irónico le dice:
—Oiga, ¿las palomas le contestan a todo lo que usted les dice?
La mujer que da de comer a las palomas se vuelve hacia la mujer que le pregunta y responde mostrándole simpatía:
—No. No me contestan, pero por lo menos me escuchan, algo que en mi casa no hacen ni mi marido ni mis hijos.
—La entiendo perfectamente. Deje de hablarles a las palomas, vengase conmigo a un banco y hablemos nosotras. A mí, en mi casa, me ocurre lo mismo que le ocurre a usted en la suya: ni mi marido ni mis hijos me escuchan.
Y sentadas en un banco, ambas mujeres hablan y hablan hasta secárseles la garganta y toser, pero no les importa sus toses porque son toses felices.
Las palomas, a su alrededor, también zurean lo suyo. Bueno, aquellas que no están entretenidas llenando de excrementos la estatua de un famoso general. Evidentemente ellas no entienden de guerras ni de héroes, ni están expuestas a ser multadas, o algo peor, encarceladas y torturadas, o silenciadas para siempre.

MERCEDITAS LLEVABA CAMINO DE QUEDARSE PARA VESTIR SANTOS (MICRORRELATO)

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Merceditas Lunares, equiparando injustamente a todos los hombres con su nada atractivo padre que, más que roncar atronaba, desprendía gases asfixiantes, igual si comía frijoles como otros alimentos menos propicios, solía decirle a su madre y a sus amigas de confianza, que ella no se casaría nunca, pues no les encontraba a los hombres atractivo ninguno.
—Son vulgares, groseros y feos.
Merceditas Lunares trabajaba de camarera en un hotel. Cierta mañana metió la llave en la cerradura de una de las habitaciones. El hombre que la ocupaba, debido al calor que hacía se hallaba desnudo en ella. Debido al apuro que a él le entró de ser descubierto sin ropa, no se le ocurrió otra cosa, para ocultar su desnudez, que encerrarse rápido dentro del armario.
Merceditas Lunares, que era una gran amante de los boleros, entró en la estancia canturreando su bolero favorito:
—“Si tú me dices ven, lo dejo todo…”
Se le cortó el canto al abrir el armario para colocar dentro la manta que traía, y paralizada de asombro, la boca descolgada y los ojos muy abierto, se quedó mirando al hombre que se hallaba tan desprovisto de ropa como cuando su buena madre lo trajo al mundo.
La visión del mismo, cambió por completo el negativo juicio que Merceditas Lunares había mantenido hasta entonces sobre los hombres: El que tenía delante suya era increíblemente hermoso, En especial de cintura para abajo, pues su mano no conseguía ocultar del todo lo que él pretendía tapar. Fue ella la primera en recobrar el habla y balbucear:
—¿Qué hace usted aquí?
Él, recuperándose en parte del bochorno, y habiéndole gustado ella nada más verla respondió, galante:
—No lo he sabido hasta este mismo momento. Te estaba esperando a ti.
—¿Para qué? —coloradas sus mejillas como dos tomates maduros.
—Para invitarte a cenar.
—¿Desnudo o vestido? —ya con sorna ella.
—Bueno, si tú me das tu aprobación, vestido primero y, después, si te viene al gusto, desnudo.
—Eres seductoramente atrevido.
—Y tu seductoramente irresistible.
Para que se complazcan los amantes de los finales felices, seis meses después del inesperado encuentro entre Merceditas Lunares y Eugenio Gálvez, él dentro de un armario, y ella fuera, contrajeron matrimonio y fueron extraordinariamente felices.

ESE AMIGO QUE NUNCA QUISO SEPARARSE DE MÍ (MICRORRELATO)

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“A nadie que te quiera de veras lo perderás en los laberintos que nos crea el azar” solía decirme mi entrañable abuela Rosa.
Esto me lo demostró un perro que recogí de muy chico. Por lo achinados que tenía los ojos, le puse de nombre “Mandarín”. “Mandarín” fue, como lo son la gran mayoría de los perros: fiel, inteligente y cariñoso. Cuando sus patas adquirieron la suficiente fortaleza, lo saqué todas las mañanas a dar un paseo. Me encantaba verle marchar a mi lado, muy chulo él, con la cabeza alta como si quisiera demostrarle al mundo entero que se sentía orgulloso de tenerme a mí por compañero de su vida.
A menudo, cuando yo permanecía demasiado tiempo concentrado en mi trabajo con el teclado y el ordenador, exteriorizaba unos gemidos de tristeza que me obligaban a hacer un alto en mi labor y dirigirle la palabra:
—¿Qué te pasa, “Mandarín”, que rezongas igual que una vieja malhumorada?
Inmediatamente él convertía su rabo en un eufórico ventilador y se acercaba a colocar su noble cabeza en lo alto de mi muslo para que se la acariciase. Yo se la acariciaba durante un par de minutos y después le decía:
—Ya tuviste tu ración de pamplinas. Ahora túmbate tranquilo y déjame trabajar que tengo mucha tarea por hacer.
Y él se tendía a dos pasos de mí, sin perderme de vista sus ojos color miel hasta que se le cerraban y quedaba traspuesto.
Hay gente que, cuando se refiere a perros muy inteligente dice: “Solo le faltaba hablar”. A “Mandarín” ni eso, porque hablaba, a su modo, claro.
Uno de tantos domingos por la mañana, que me lo llevé al campo para que los dos hiciéramos ejercicio y respirásemos aire limpio, de pronto “Mandarín” salió disparado detrás de una liebre, desapareció por el fondo de una quebrada y ya no regresó a mi lado. Creo que no se extravió. Creo que alguien se adueñó de él porque era un animal muy bonito, alegre y manso.
El caso es que yo le busqué durante horas y horas, hasta bien entrada la noche, en que tuve que darme por vencido. El disgusto mío fue tremendo. Le tenía a “Mandarín” un gran cariño.
En adelante, con harta frecuencia pensaba en él y lo echaba de menos. De vez en cuando miraba hacia el lugar de la estancia donde él solía colocarse, llevado yo de la ilusoria esperanza de que apareciese de pronto.
Transcurrieron varios días. Empecé a hacerme a la idea de que lo había perdido irremediablemente. Hasta que una mañana escuché unos ladridos provenientes de la puerta de la calle. Corrí presuroso a abrirla y allí estaba “Mardarín”, sucio, esquelético, rodeado su cuello con una cuerda. Se me lanzó encima en una explosión de alegría tal que me conmovió hasta los mismos cimientos del alma. Le acaricié, le dije las palabras más tiernas que en aquel momento me brotaron directamente del corazón. Entre la veintena de mayores alegrías que me he llevado a lo largo de la vida, su regreso fue una de ellas.
Hace un par de semanas volví a perder a “Mandarín”. Esta vez irremediablemente para siempre. Es una imperdonable crueldad que la vida de los perros sea tan corta. “Mandarín” solo pudo permanecer catorce años a mi lado. Vivo, claro, porque en el recuerdo lo sigo teniendo conmigo.

SE LE LLENÓ EL DORMITORIO DE OLOR A NARDOS (MICRORRELATO)

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Una anciana, con pasitos cortos y arrastrando sus cansados pies, se coloca delante del vetusto espejo de un armario antiguo y desvencijado. En el plateado azogue, que picoteó el inmisericorde transcurrir de muchos años, se mira fijamente y retrocede en el tiempo. Y en ese retroceso se ve junto a su añorado esposo (fallecido el invierno anterior). Son jóvenes y llevan ambos puestas, todavía, sus tradicionales ropas de recién casados.
—Aquí estamos reflejados tú y yo, mi amor —evoca, escucha le dijo él entonces manteniéndola tiernamente abrazada por la cintura—: Inmortalicemos esta imagen. Quedémonos para siempre aquí presentes, juntos, el resto de nuestra vida.
Y la buena mujer, cargada de años, de arrugas y de achaques, puede verse ella y su llorado marido tal como se vieron en su noche de bodas.
—Ya no tardaré mucho, mi amor, en reunirme contigo — murmura con un hilo de voz—. Ten un poco más de paciencia.
Aun flota en el aire el eco de sus sentidas palabras cuando invade la estancia un fuerte olor a nardos, la flor preferida de ella, flor que con frecuencia la obsequió el hombre que tanto la había amado y con el que anhela reunirse muy pronto.