Archivo de la categoría: Microrrelatos

LOS CHARLATANES DE CUELLO BLANCO (MICRORRELATO)


(Copyright Andrés Fornells)
—¡Papá, cómprate un crecepelo! ¡Papá, comprante un elixir de la eterna juventud! ¡Papá, cómprate un ungüento prodigioso que lo cura todo! ¡Date prisa, papá, que a los diez primeros que compren un producto que vale cien, ese hombre lo va a dar por veinte, porque asegura está tan acostumbrado a perder dinero, que ganarlo le jodería!
Mi padre, risueño, mostrándome una expresión de hombre que está de vuelta de todo, solía preguntarme, paciente:
—Vamos a ver, hijo, ¿por qué quieres que me compre todas esas cosas?
Yo, creyéndome mucho más listo de lo que era, se lo explicaba:
—Papá, crecepelo porque te estás quedando calvo. Elixir de la eterna juventud porque te estás haciendo viejo. Y ese ungüento prodigioso porque lo cura todo: resfriados, infecciones, diarreas y muchas más cosas.
—¡Ja, ja, ja! —reía él con ganas—. Son charlatanes, hijo —me aseguraba—. Mienten todo el tiempo. Son unos desvergonzados embusteros. Nada de lo que nos venden sirve para lo que ellos dicen. En realidad, para lo único que sirve es para quedarse con el dinero que tanto esfuerzo y sudor les cuenta ganar a la gente obrera, a la que pertenezco yo.
Yo aprendí de su experiencia y, en adelante, desconfié de los embaucadores y no les creí en nada.
Lo mismo que mi padre me decía a mí, les digo yo actualmente a mis hijos con respecto a los políticos actuales. Espero por su bien, que me crean y hagan el mismo caso a mis expertas advertencias, que hice yo a las expertas advertencias de mi padre.

LA MAGIA DE LA NIÑEZ (MICRORRELATO)


(Copyright Andrés Fornells)
No sé si mucha gente coincidirá conmigo, en la opinión de que la niñez, presenciada desde la atalaya de la madurez, no importa lo difícil que haya sido, posee una especie de aureola mágica que la embellece hasta un punto en que su evocación nos despierta una nostalgia tierna, entrañable, conmovedora.
La infancia mía estuvo llena de vicisitudes, escasez de alimentos y sin más juguetes que aquellos que yo mismo me inventaba. Latas de conserva que unidas por cordeles convertía en trenes con vagones llenos de lo que mi fantasía decidía. Cañas que con un alambre en uno de sus extremos convertía en aparejo de pesca y con el que mi imaginación pescaba ballenas, un pez más grande que una catedral, me decían. Y hojas de periódico con las que los adultos me habían enseñado a construir aviones, sombreros y barcos.
La infancia mía fue mágica porque conté con el amor y la protección de mis abuelos y mis padres.
Aunque solo fuera por tener cerca a sus familiares, la infancia de todos los niños debería ser mágica y, seguramente, a pesar del desenfrenado consumismo actual y dificultades laborales de la gente trabajadora, lo sigue siendo para muchos pequeños.
Ayudemos a los niños, aunque sea con algo que nos sale tan gratuito como una sonrisa, un saludo amistoso, una palabra amable. Ellos lo agradecerán y recordarán, como yo recuerdo a una anciana de mi calle que llevaba siempre algunos caramelos en el bolsillo para darlos a los pequeños que veía llorar. A mí me dio más de uno. La llamábamos abuela Matilde. Iba siempre vestida de luto y alguna gente decía de ella que la había vuelto loca la muerte de un hijo.

ELLA ESTABA SENTADA EN UN BANCO DEL PARQUE (MICRORRELATO)


(Copyright Andrés Fornells)
Elena tenía muchos pretendientes, muchos admiradores, una legión de chicos ansiaban salir con ella. De los más atrevidos, Elena escuchaba sus proposiciones. Algunas de estas proposiciones eran ingeniosas, interesantes, incluso tentadoras. Pero ella los miraba a los ojos, no veía en ellos lo que esperaba ver y les respondía:
—Muchas gracias, eres muy amable, pero no me apetece salir contigo. Perdona.
Muchos de ellos reaccionaban de un modo desagradable e incluso se atrevían a insultarla.
Un día festivo, paseando por el parque sola, con un libro de poemas en su mano, Elena, cansado de caminar entre la multitud de paseantes que, debido a la espléndida climatología que hacía habían acudido allí, masivamente aquella mañana, cansada de recibir todo tipo de miradas, y algún que otro requiebro falto de originalidad y delicadeza, buscó un banco vacío en el que poder sentarse y leer durante un rato el libro que llevaba. Vio un banco desocupado, tomó asiento en él, abrió el libro y se sumergió en su lectura.
Notó que alguien tomaba asiento a su lado. No experimentó curiosidad por verle. Si era hombre, sumaría un pesado más que intentaría conquistarla, y si era mujer posiblemente trataría de entablar con ella una charla insulsa.
Trascurrió un rato largo. La persona que tenía al lado, Elena se dio cuenta de que giraba el cuello de vez en cuando como si tratase de leer lo mismo que ella, por encima de su hombro. Pero procuro ignorarle. Los poemas que entraban por sus ojos le llegaban hasta lo más hondo de su alma sensible, ávida de belleza espiritual.
Finalmente volvió el rostro hacia la persona que tenía al lado. Se trataba de un hombre joven, de mirada limpia y soñadora. Elena leyó en sus ojos los mismos versos que acababa de leer en el poemario.
Le sonrió como jamás le había sonreído a nadie y colocando el libro entre ambos dijo convencida:
—Te estaba esperando.
—También yo a ti.
Elena colocó el libro en mitad de los dos. Y comenzó a leer mientras él recitaba de memoria lo escrito.

DANIELLE ERA PARISINA (MICRORRELATO)


(Copyright Andrés Fornells)
París, ciudad bellísima, dinámica, bulliciosa, aturdidora. Calles, plazas, edificios, jardines llenos de magia. Mezcolanza de razas. Gente con prisa, gente sin prisa ninguna. Restaurantes, bares y sobre todo boutiques. Devoradoras de moda todo el tiempo entrando y saliendo de ellas. Se entrelazan en el aire los más exquisitos perfumes del mundo. Y para los hombres, sobre todo, París es la ciudad que posee más mujeres hermosas, elegantes y seductoras del mundo entero. Las mujeres parisienses, hasta las que no lo son, parecen bellas. Las mujeres parisinas se mueven con una sensualidad especial, irresistible, entre voluptuosas y vampíricas.
Danielle era una de ellas. Alberto la conoció en un café. Alberto se enamoró fulminantemente de ella. A Danielle le bastó el lujurioso movimiento de sus rojos y carnosos labios, fumando un cigarrillo, para conseguirlo.
Danielle necesitaba varios hombres para seguir alimentando su ego de mujer irresistible, sexualmente insaciable. Alberto la quería para él solo, pero con tal de no perderla la estuvo buscando amantes hasta que un día, no pudiendo soportar más tiempo el sufrimiento, la tortura de los celos, envenenó el contenido de una botella de champán y logró dejar de sufrir a cambio de morir con ella.

¿QUIÉN DE LOS DOS HABÍA ESPERADO MÁS TIEMPO? (MICRORRELATO)


(Copyright Andrés Fornells)
Él era un hombre de negocios muy riguroso, disciplinado y recto. Su esposa se ocupaba del buen funcionamiento de su hogar y era alegre, despreocupada y encantadora. Habían acordado el día del cumpleaños de ella celebrarlo en un lujoso restaurante. Ella tenía toda la tarde para arreglarse. Él iría con la misma ropa que llevaba en su empresa. Él llegó al lugar donde se habían citado, tan puntual como un reloj suizo. Tener que esperar lo exasperaba y la impuntualidad ajena lo sacaba de quicio. Su mujer llegó cuarenta minutos tarde, preciosa, tranquila, sosegada. Él con un tono de enfado en su voz le dijo:
—No lo entiendo. Tenías cuatro horas para vestirte y arreglarte y me has tenido cuarenta minutos aquí esperándote.
—Eso es poco tiempo, cariño —desarmándole ella con una arrebatadora sonrisa—. Yo esperé veinticuatro años, seis meses y dos días a que tú me encontraras y te enamorases de mí. ¿Quién de los dos ha demostrado tener más paciencia en lo de esperar al otro?
A su marido se le pasó de inmediatamente el enojo y levantados, galante, cogió la silla que debía ocupar su mujer, espero a que ella se sentara, se la arremetió con cuidado y a continuación le preguntó con manifiesta amabilidad:
—¿Estás cómoda, mi vida?
—Sí, maridito mío, muy cómoda. Eres el más adorable de los hombres, ¿lo sabes?
Y como había mucho amor entre ellos, cada uno siguió, en adelante, siendo igual que había sido siempre.

UNA MAMÁ ORGULLOSA HABLA DE LAS AFICIONES INFANTILES DE SU HIJO (MICRORRELATO)


(Copyright Andrés Fornells)
La señora Josefa Gómez salía del banco donde todos los empleados la habían tratado con exquisita amabilidad. Una señora que había sido testigo de las notorias atenciones que esta mujer había recibido, le dijo en tono de queja:
—A mí no me tratan, ni de lejos, tan bien como la tratan a usted.
—Es que yo soy la madre del director.
—¡Ah! Ahora lo entiendo —dijo la mujer quejosa.
—Verá, mi hijo, de muy niño, coleccionaba mariposas, escarabajos, mantis religiosas, grillos y hasta moscas. Cuando se hizo mayor decidió coleccionar dinero y, gracias a esta afición suya, ha llegado a director de este banco.
Al hijo de la señora Josefa Gómez le metieron en la cárcel por haber cometido un importante desfalco. Un día la mujer que tiempo atrás le había comentado la diferencia de trato que recibían ambas en el banco, le dijo, maliciosa:
—Con que su hijo coleccionaba bichos primero y luego billetes, ¿eh? Pues ya sabe dónde lo tiene ahora.
—¡Pobre de mí! Claro que lo sé. Voy a verle todas las semanas. Y lloramos juntos. Mi hijo cometió únicamente un error de apreciación, señora —muy digna la mujer que tenía un hijo preso—. El desdichado hijo mío no vio la diferencia que existía entre unas cosas y otras. Los escarabajos, mariposas y demás insectos no eran de nadie, mientras que los billetes pertenecían a personas egoístas que los querían solo para ellas.
La mujer que le había estado recriminando todo lo anterior, movió la cabeza comprensivamente: ella tenía tres hijos y, a saber, en que tentaciones podrían caer y de las cuales ella no tendría culpa ninguna y seguramente, con razón o sin ella, los defendería. Así que se despidió de Josefa Gómez diciendo:
—¡Ay, qué difícil y sacrificado es ser madre!
—¡Ay, si lo sabremos nosotras!

LOS NIÑOS DE JULIA ERAN DIFERENTES (MICRORRELATO)


(Copyright Andrés Fornells)
Julia terminó de hacer la cama del dormitorio que compartía con su marido. Él se hallaba, en aquel momento, en el campo de futbol realizando la señalización del mismo para el partido que por la tarde enfrentaría al equipo local con otro venido de fuera. Sonrió pensando en él. Ellos dos se había conocido al final de un encuentro. Ella había comenzado a trabajar en el periódico local y le habían dado la sección de deportes, cuando debido a una lesión de rodilla ella tuvo que abandonar el equipo de baloncesto femenino.
Él había sido el mejor de su equipo en aquel partido y ella lo entrevistó y lo felicitó. Ambos se dieron cuenta enseguida que de que estaba surgiendo algo muy especial entre ellos. Él la invitó a cenar y ella, en contra de lo que acostumbraba, aceptó salir con un hombre al que acababa de conocer.
Pasaron los dos una velada muy agradable, que repitieron varias veces, a lo largo de medio año. Finalmente, él se declaró, ella confesó que también lo amaba, y acabaron donde los dos querían, casados en la iglesia. El fruto de este matrimonio, que había tenido lugar doce años atrás, eran Gimeno de once años, y Julita de nueve.
Pensando en ellos, Julia se acercó al balcón desde el que tenía una magnífica vista de la plazuela situada a pocos metros. En la plazuela había una quincena de chiquillos de diferentes edades diseminados por allí. Sus hijos eran los únicos que se hallaban jugando con un balón a encestar en la vieja canasta de baloncesto. Todos los demás estaban sentados ocupado todo su interés en los teléfonos móviles que tenían entre sus manos.
Los dos hijos de Julia, perfectamente conectados con ella, notaron de inmediato la fuerza de su mirada, sus ojos la buscaron y, localizándola respondieron a la amorosa sonrisa suya y la saludaron agitando, alegremente, los brazos. Y Julia, feliz, les devolvió el saludo pensando, orgullosa: “Les estamos educando adecuadamente”.

EL PELIGRO DE QUE NUESTROS HIJOS NOS IMITEN (MICRORRELATO)


(Copyright Andrés Fornells)
La mujer había llegado hacía muy poco de su trabajo y se hallaba preparando la cena. A los cinco minutos llegó también su marido que tras dejar su maletín encima de la mesa del tresillo se reunió con ella en la cocina y preguntó mostrando natural interés:
—¿Y los niños?
—Ahí fuera, en el jardincito, están jugando.
El hombre cogió un botellín de cerveza de la nevera y se asomó a la ventana en el momento en que su hijo de seis años acababa de encerrar a su hija de cinco en una especie de rectángulo hecho con tres sillas y una tumbona todas ellas de plástico y le decía:
—Encarna, como te has convertido en un estorbo para nosotros, aquí quedas encerrada en esta residencia para ancianos.
Encarna era la madre del padre de los niños. Los remordimientos flagelaron el corazón de este hombre que, volviendo al lado de su mujer dijo con infinita tristeza:
—¿Sabes una cosa, Luisa? Cuando seamos viejos, tú y yo terminaremos en el mismo sitio que ha terminado mi madre.
—Nuestros hijos… —no terminó ella su frase que habría sido: “no nos harán eso”.
Miró por la ventana y vio y oyó lo mismo que había visto y oído su marido Y sintió que le entraba una tristeza infinita.

ELLA NUNCA LE HABRÍA HECHO LO QUE ACABABA DE HACERLE ÉL (MICRORRELATO)


(Copyright Andrés Fornells)
Era de noche. Noche oscura como galería de mina de carbón. Escaso el tráfico existente en aquella carretera secundaria. Estaba lloviendo a mares. Un coche circulaba conducido por un hombre que iba solo. Ráfagas de fuerte viento y agua lo azotaban, lo sacudían. El conductor del mismo llevaba impresa en su enju-ta cara una expresión tétrica, dolorosa, dramática. Aunque los parabrisas funcionaban a la máxima rapidez no conseguían ofrecerle una buena visibilidad debido al diluvio que caía. Aparte de lo anterior aumentaba el peligro que este hombre corría, el hecho de que iba llorando. Su atormentadora mente se había convertido para él en otro potencial enemigo más. Pensamientos suicidas le acosaban cada vez que le venía al encuentro una curva, y le costaba vencer la tentación de no mover el volante en la dirección debida, seguir recto y estrellarse.
El hombre venía de dejar a su madre en una residencia de ancianos. El motivo de haberla llevado allí era que ella padecía Alzheimer. Su razón trataba de convencerle de que había hecho lo adecuado, lo mejor para ella. Allí en la residencia la cuidarían infinitamente mejor de lo que podía hacerlo él. Sin embargo no conseguía acallar su mala conciencia. Tenía acusadoramente presente todos los cuidados recibidos de parte de su madre a lo largo de su vida, los innumerables sacrificios que tuvo que realizar para, sola, sin ayuda de nadie, trabajando denodadamente, hasta la extenuación, someterse a mil sacrificios para criarlo y conseguir incluso darle estudios universitarios.
Y mientras lloraba avergonzado, torturado por los remordimientos, murmuraba entre dientes:
—Ella nunca me habría hecho lo que yo acabo de hacerle.

EL LEÓN, EL VIEJO Y LA RUBIA (MICRORRELATO)


El propietario de un circo ha colocado un anuncio solicitando un domador de leones.
Aparecieron dos personas: un hombre de buena apariencia, jubilado, llegando a 70 años y una espectacular rubia de 25 años.
El dueño del circo habla con los dos candidatos y les dice:
Me voy directo al grano. Mi león es muy fuerte y mato a mis dos últimos entrenadores.
—¡O ustedes son realmente buenos, o no van a durar un minuto! Aquí está el equipo banco, látigo y pistola. ¿Quién quiere ser el primero?
La rubia dice:
—Voy yo.
Hace caso omiso del equipo, del látigo y la pistola y rápidamente entra en la jaula.
El león ruge y empieza a correr hacia la rubia. A falta de un metro, la rubia se abre el vestido y se queda completamente desnuda, mostrando todo el esplendor de su cuerpo.
¡El león se detiene de inmediato!
¡Se acuesta en la parte delantera de la rubia y le lame los pies!
¡Poco a poco, va hacia arriba y lame todo el cuerpo de la rubia durante un buen rato!
Al dueño del circo, se le cae la quijada al suelo y dice:
—¡Nunca he visto nada como esto en mi vida!
Se da vuelta hacia el anciano y le pregunta:
—¿Usted puede hacer lo mismo?
Y la respuesta del hombre fue:
—¡Por supuesto! Pero primero saque el león de ahí…