Archivo de la categoría: Mis viajes alrededor del mundo

Relatos sobre mis numerosos y fascinantes viajes por países exóticos

LEYENDA ANTIGUA ESCANDINAVA (VIAJES)


(Copyright Andrés Fornells)
Dice una leyenda muy antigua, que en la época en que el rey Gylfe reinaba en Suecia, llegó a visitarlo una mujer de rara hermosura. Se llamaba Gefjon, era diosa y vidente. Todas las mujeres que morían vírgenes eran enviadas a ella que las convertía en siervas suyas, pues Gefjon era diosa también de la virtud y de la fertilidad. Su esposo era el rey Skjöld, hijo de Odinn. Muchos legendarios reyes daneses alegaron ser descendientes de la diosa Gefjon.
El rey Gylfe fue seducido por la belleza de la diosa Gefjon y por la dulzura y armonía de su canto. Después que ella hubo permanecido durante varios días en Palacio, este monarca le preguntó qué deseaba que le ofreciera él en prueba de gratitud por el placer que le había procurado con su presencia y con su extraordinario canto.
Al parecer esta conversación tuvo lugar en una habitación de palacio mientras ambos personajes brindaban con copas llenas de hidromiel (una bebida alcohólica fermentada a base de agua y miel, tan antigua que ya era nombrada en los versos del Rig Vedá, compuestos 1.700 años a.C.)
En cierto momento de esta conversación la diosa Gefjon dijo:
—¡Oh ilustre señor!, grande es la fama de tu generosidad. Quiero pedirte una parte de tus tierras. Poca cosa. No temas que vaya a mutilar tu reino; quiero sólo el trozo que yo pueda labrar durante veinticuatro horas con la ayuda de cuatro bueyes.
El rey Gylfe contestó, demostrando que era justificada su fama de desprendido:
—¡Oh, diosa! Ciertamente es muy poco lo que me pides. Te lo concedo gustosamente.
Entonces la diosa Gefjon, que pertenecía a la familia de los Ases (dioses bienhechores escandinavos), mandó venir a cuatro hijos que ella había tenido de un gigante en el Iothunheim, cambió a estos hijos en bueyes; a continuación los unció a un colosal arado y marcó un surco alrededor del terreno que había elegido, un surco que fue tan profundo que toda la parte que rodeaba este surco fue separada del continente. Entonces la diosa unció sus bueyes a este trozo de tierra y los aguijó de modo que la arrastrasen hasta el mar. Una vez que estuvieron en la orilla, los sumergió en el agua y los llevó hasta meter el trozo de tierra en el Øresund. Y así fue como nació la isla Danesa de Selandia.
Esta leyenda es conmemorada por la Fuente Gefjon de bronce en Copenhague, esculpida por Anders Bundgaard en 1908, y podéis admirarla en el centro de la plaza que rodea el Palacio Real Amalienborg, una maravilla arquitectónica que no debe perderse nadie que visite Dinamarca.

GEISHAS, DONCELLAS DEL AMOR CON ROSTROS DE PORCELANA (I) -VIAJES-


(Copyright Andrés Fornells)
La palabra geisha proviene de los fonemas chinos “Gei” que quiere decir arte habilidad, y “Sha” que significa persona. Y eso es lo que representan las geishas: personas con habilidad en diferentes artes. El kimono que llevan se lo hacen a me-dida, y las más prestigiosas geishas poseen una variada colección de kimonos para distintas ocasiones y estaciones del año.
Las geishas modernas siguen viviendo en los okiya (casas de geishas) aunque las mas experimentadas prefieren vivir en sus propios apartamentos. La elegante y alta cultura en que viven las geishas se llama Karyukai (mundo de las flores y los sauces). Los instrumentos que tocas las geishas son el shakuhachi (flauta de bam-bú) taiko (tambor), dominan las canciones tradicionales, el baile japonés clásico, el sado (ceremonia japonés del té) el kebaha (arreglos florales), la literatura y la poesía, añadiendo a lo anterior el exquisito arte de tratar y entretener a los clien-tes.
Actualmente, Kioto mantiene todavía una fuerte tradición de geishas. Dos de sus más prestigiosos y tradicionales distritos de geishas son Gion y Pontocho. Las geishas nunca incluyen actividad sexual en sus actuaciones, aunque pueden algu-nas de ellas practicar sexo con algún cliente.
Fue tradicional para las geishas tener un donna (protector) que era un hom-bre adinerado, casado a veces y con recursos para financiar los costes del costoso entrenamiento tradicional de las geishas. Era muy habitual, especialmente tiempo atrás, que un donna comprase la virginidad de una geisha muy joven y la mantu-viera como amante hasta cansarse de ella.
Las futuras geishas estudian todo el día para pasar de oshakus (doncellas) a geishas. La disminución de geishas ha sido considerable en los últimos cien años. Se calcula que ha descendido alrededor de un 70 %.
Quienes mantienen al pie de la letra la tradición calculan el compromiso de servicio de una geisha, el tiempo que tarda en consumirse una varita de incienso.
Mucha gente fuera de Japón, sobre todo, cree que las geishas son prostitutas, y ello es debido a que chicas que sí son prostitutas se hacen pasar por geishas aprovechándose así del prestigio que mantienen estas tradicionales artistas del entretenimiento.
Tradicionalmente, las geishas permanecen solteras y suelen retirarse cuando se casan, aunque no se retiran si tienen hijos mientras ejercen su profesión.
Sus antecesoras fueron las odoriko, bailarinas de profesión. Y si nos remon-tamos muchos más años atrás llegamos las kabuki odori (bailarines de los teatro ambulantes). Estas bailarinas ya ataviadas con bellos kimonos de seda, se encar-gaban de bailar ante los samuráis, de realizar la ceremonia del té, servirles sake, y de tocar el shamisen (instrumento de cuerda, parecido a la guitarra, pero de tres cuerdas, y con un sonido muy melódico), este baile era conocido como Okuni. La gran mayoría de las kabuki odori eran en realidad hombres.
En el año 1779, las geishas fueron reconocidas como artistas protegiéndolas así de que cayeran en la prostitución. Pues la geishas sólo se encargaban de dis-traer a los hombres, con amenas conversaciones, con danza, o tocando el shami-sen, sin que entrara en ello el acto sexual. Las geishas y maikos que bailaban se denominaban tachikata, y las que se dedicaban a tocar un instrumento, jikata. Las geishas y maikos, contaban con un pacto de silencio, por lo que cualquier hombre podía estar tranquilo con respecto a que ellas guardarían para ellas cuanto se di-jera en su presencia.
En épocas pasadas las niñas eran vendidas a las okiyas, casas donde vivían todas las geishas, bajo la tutela de una geisha anciana (okami-san), a la que llama-ban okaasan (madre). La niña vendida contraía una deuda con su compradora, que devolvería con el dinero que le pagaran los hombres que solicitaran sus aten-ciones. Durante su etapa de aprendizaje la futura geisha era llamada shikomi y realizaba tareas de servicio, y recibían clases de canto, baile, modales, ikebana, ceremonia del té, shodô, y además asistían al colegio para que adquirieran una importante educación.
Después de la II Guerra Mundial fue prohibida la venta de las niñas a las okiyas. Hoy en día, las geishas y maikos que existen en Japón son por decisión propia, por su deseo de mantener viva esta tradición y son muy libres de mantener o no relaciones sexuales, así de tener un danna (amante).

NYAI LORO KIDUL, LA DIOSA DE LAS SIRENAS (viajes)


(Copyright Andrés Fornells)
Una telefonista que conocí en la bellísima isla de Java, me contó mientras tomábamos café, algo que me resultó muy interesante:
—Señor, una cosa que a usted le parecerá curiosa es que en uno de los mejores hoteles de Java hay siempre reservada una habitación con baño para la diosa del mar del sur, Nyai Loro Kidul.
No sé si sería por alguna razón supersticiosa (pues en ningún momento tuve la impresión de que pudiera estar mintiéndome) ella no quiso revelarme el nombre del hotel que realizaba este hecho tan sorprendente. Así que en lugar de cometer la descortesía de intentar sonsacarle lo que evidentemente no quería decirme, le pedí que tuviera la amabilidad de contarme la leyenda de Nyai Loro Kidul la diosa de las sirenas.
Y esto que narro a continuación es lo que conocí por boca de ella. Según una antigua creencia la diosa del mar del sur vive en las olas del Océano Pacífico y, al igual que las sirenas griegas, engaña a hombres con la promesa de bellezas inenarrables, poder, riquezas y grandeza. Y el resultado es que estos hombres engañados se ahogan delante de ella y sus cuerpos se hunden hasta el fondo del mar.
Un par de días más tarde, un guía turístico me contó que esta leyenda había sido inventada muchos años atrás para intimidar a los pescadores y que éstos no fueran a pescar a los mares del sur porque por allí venían a conquistar su país los portugueses, los españoles y los holandeses.
Y finalmente un buscador de nidos de golondrinas (nidos que estas aves construyen con algas y saliva) tuvo a bien informarme que los mencionados nidos son muy apreciados por los chinos que pagan por ellos precios exorbitantes pues les atribuyen propiedades tónicas (procuran fuerza y energía al organismo). Aparte de lo anterior, este amable javanés me contó que la diosa Nyai Loro Kidul protege a todos los miembros de su gremio y que en un lugar de muy difícil acceso existe una choza que la diosa de las sirenas visita de vez en cuando, la cual está llena de vestidos suyos preciosos. Le ofrecí una buena propina si me conducía hasta aquella misteriosa choza, pero él mirándome con cara de miedo, me respondió que no haría tal cosa ni por todo el dinero del mundo, pues no quería enfrenarse al terrible castigo que recibiría de Nyai Loro Kidul pues su morada era un lugar sagrado que a ningún extranjero le estaba permitido conocer.
Y esto es todo lo que pude averiguar de la legendaria diosa de las sirenas. Pero con diosa o sin ella, la isla de Java posee una extraordinaria belleza, sus gentes son encantadoras, amabilísimas y sonríen hasta en los entierros. Java merece muchísimo ser visitada. Ya me diréis.

ME SUCEDIÓ EN BERLIN (VIAJES)


(Copyright Andrés Fornells)
Si la memoria no me falla (y como me falle la regañaré muy seriamente) fue en una plaza de Berlín donde tomé asiento en un banco desde el que podía ver el monumento dedicado a un general antiguo montado a caballo (no mencionaré su nombre para evitar la posibilidad de molestar a sus descendientes), que un hombre vino a sentarse en la parte del asiento que yo dejaba libre. No me fijé en él porque mi atención se hallaba centrada en dos palomas desconsideradas que decoraban con sus excrementos el casco que coronaba la cabeza del prestigioso, mucho tiempo atrás desaparecido, militar de alta graduación.
Saqué del interior de mi mochila, con rapidez, la cámara fotográfica con la intención de inmortalizar tan irrespetuosa acción lo cual conseguí antes de que las aves alzaran el vuelo.
De pronto el sujeto que tenía al lado, echándome una mirada de absoluta impasibilidad, más que preguntar comentó:
—Turista, ¿eh?
Para suerte mía hablo alemán, así que empleando al contrario que él un tono festivo, le respondí:
—Yo turista y usted berlinés, ¿no?
—Desde hace más de quinientos años –afirmó cargada de orgullo su voz–. ¿Sabe qué significa que el caballo de este gran héroe de nuestro país tenga una pata delantera levantada?
—No lo sé, y me gustaría saberlo –siempre con la puerta de la curiosidad abierta.
—Pues el que tenga el caballo una de sus patas delanteras elevadas significa que el personaje de este monumento murió de las heridas recibidas en combate.
—¿Y si tuviera el caballo las dos patas delanteras en el aire, qué significaría?
—Significaría que el héroe habría muerto en combate.
—¿Y si el caballo tuviese las cuatro patas en el suelo?
—Significaría que el héroe habría muerto por causas naturales.
—Y si el caballo tuviese las cuatro patas en el aire?
—Significaría que algún extranjero le habría robado el pedestal.
Sonó agresivo y queriendo yo dejarle una buena impresión mía como extranjero lo invité a un café.
—Prefiero un whisky –perdiendo él la impasibilidad.
—Eso está hecho.
Le ofrecí una sonrisa y él me devolvió otra suya. Y de esta forma tan inesperada nació una amistad que dura todavía algunos años más tarde.
(Para Heinz)

COSILLAS QUE APRENDÍ EN MIS VIAJES POR LAS SELVAS AFRICANAS (VIAJES)

CON COCODRILO
El animal más tonto de cuantos viven en el continente africano es el ñu. Cuando una manada de estos cuadrúpedos idiotas decide cruzar un río, como no cuentan con ningún líder que mejore al resto, todos siguen ciegamente al primero que se tira al agua. Me contó un testigo de este insensato hecho que en cierta ocasión presencio como el que había cogido la cabeza de la manada tomó la dirección de una parte tan profunda del río que murieron ahogados cientos de ellos por no ser capaces de alcanzar la orilla opuesta.
En África, los animales salvajes que causan más muertes (en contra de los muchísimos que deben creer otra cosa) son los enormes hipopótamos de bocas tan grandes como pistas de tenis y que bastante gente, que no sabe nada sobre ellos, encuentra simpáticos. Los hipopótamos son animales extremadamente territoriales y, si te bañas dentro de su territorio puedes encontrarte con que uno de ellos te engulle sin tan siquiera tomarse la molestia de darte las gracias ni de masticarte. Eso fue lo que le ocurrió al guía que iba conmigo y que justo acababa de decirme: “Vamos a ver si es cierto eso. Lo que no se prueba, no se sabe”.
Una creencia absolutamente falsa y muy extendida es la de que los cocodrilos después de zamparse a una víctima lloran. Vi a uno de ellos comerse a un bonito cervatillo confiado e inexperto, y al muy cabrón del anfibio no le vi soltar ni la más insignificante de las lagrimitas.
Cuando te veas cara a cara con un león, los guías africanos aconsejan no salir corriendo, y sí permanecer parado e incluso insultarles si es que te funciona la voz, pues estas peligrosas fieras están acostumbradas a que su posible comida corra y, si no corre dudan de que sea comida. Así que demuestra aplomo, valentía, inmovilidad y, si sobrevives, ya me contarás si esta práctica de la inmovilidad funciona o todo lo contrario.
Los elefantes, tan falsamente encantadores en cuentos infantiles (¿quién no gozó en la edad del moco del simpático orejudo Dumbo?), harás muy bien en salir corriendo cuando vengan a por ti pues suelen emplear su trompa con muy mala leche y no os cuento lo que podría significarle a tu indefenso piececito una pisada suya de varias toneladas de peso.
Y en el caso de encontrarte con un caníbal hambriento no pierdas el tiempo sonriéndole pues, por blanca que tengas tú la dentadura, más blanca la tendrá él. Busca su benevolencia y distracción ofreciéndole un bocadillo de jamón serrano y, si en vez de uno son dos bocadillos, mucho mejor. Recuerda que el ahíto puede hacerle ascos al manjar más suculento.
Cuando descubras la reunión familiar de un puñado de hienas no pierdas el tiempo escuchando sus carcajadas y pon tus pies en polvorosa, que es lo que hacen incluso los leopardos entregándoles sus presas cuando estos feos cánidos les enseñas sus dentaduras que son las más poderosas de todo el reino animal.
Si tienes la mala fortuna de que una boa te caiga encima y se te ponga por bufanda, (no importa si esto te acontece en la estación invernal o veraniega) es urgentísimo por tu parte que le busques el cuello y la estrangules antes de que ella te estrangule a ti. No siempre, cuando uno lo necesita, tiene un cañón a mano. Pro-cura recordarlo aunque no seas tan aficionado a la cosa bélica, como cierto ganador del Nobel de la Paz, que todos conocemos y criticamos.
Y para termina esta serie de breves, amistosas y bien intencionadas informaciones, si en plena intrincada selva te entra la acuciante necesidad de descomer, ve muy alerta de no hacerlo cerca de un enjambre de furibundas avispas o de una colonia de hormigas carnívoras, porque en cosa de segundos puedes salir de allí con las nalgas dobladas de tamaño o sin ellas.
Se puede amar a la naturaleza, se puede amar a todas sus criaturas, pero es primordial sobre todo que te ames a ti mismo y hagas lo imposible para llegar a viejo.
Y finalmente, si eres sensato, regalón y cobarde, quédate cómodamente en tu casa bien repantigado en el sofá viendo documentales sobre África, una cerveza fría en una mano y la otra ocúpala acariciando a la mujer que has tenido la inmensa suerte de que te quiere.

 

UN SAMURÁI JOVEN OFENDIÓ A UN SAMURÁI VIEJO -LEYENDA- (MIS VIAJES ALREDEDOR DEL MUNDO)

samurai-viejo
En cierta época alejada de la nuestra, hubo un samurái llamado Daichi que, por las heroicas hazañas realizadas en los campos de batalla se convirtió en un héroe nacional, admirado por quienes reconocían sus grandes méritos como guerrero, y desprestigiado por la plaga de envidiosos que siempre crece a la sombra de los grandes hombres. Llegado a una edad avanzada, Daichi se retiró a un pequeño pueblo del interior donde llevaba una vida pacífica y sosegada, mientras escribía sus memorias para conocimiento de generaciones futuras.
Ávido de adquirir prestigio y fama, un joven samurái llamado Goro se presentó en el municipio donde vivía retirado el viejo Daichi, y aprovechando que la plaza principal se halla abarrotada de gente por estar todos celebrando la famosa Seijin ho hi (fiesta de los adultos, dedicada a los jóvenes que han cumplido veinte años de edad entre el dos de abril del año anterior y el uno de abril presente, o sea la mayoría de edad, en la que, entre otra multitud de personas, las familias de esos jóvenes lo celebran por todo lo alto).
Goro se acercó a Daichi y delante de toda aquella multitud comenzó a lanzarle los insultos más vejatorios que conocía. Entre estos insultos los que más podía herirle como: carcamal, cobarde y fantasma que vivía disfrutando de una gloria totalmente falsa.
Lógicamente, ellos dos se vieron rodeados inmediatamente del gentío allí presente, ansioso por presenciar como respondía a todos aquellos terribles ultrajes el gran héroe jubilado.
Daichi escuchó tan absolutamente impasible como si aquellos agravios no le fueran dedicados. Pronto, de la muchedumbre allí reunida se elevó un rumor de asombro e indignación y, entre los más jóvenes, de duda. ¿Tendría razón el joven y agresivo forastero en aquellas terribles y humillantes diatribas que lanzaba a Daichi? ¿Por qué no reaccionaba éste, como habría reaccionado cualquiera ante tan imperdonables agravios?
En vista de que el anciano no reaccionaba, se mantenía impertérrito, el agresivo Goro, envalentonado, desenvainó su catana y dispuesto a llevarla a cabo, lanzó la siguiente amenaza:
—Voy a cortarte la cabeza, viejo farsante inútil.
Leyendo Daichi en los ojos de su ofensor la disposición de llevar a cabo su amenaza, dio un paso atrás y finalmente, obrando en contra de su voluntad, saco su espada, la espada con la que tantas proezas había realizado a lo largo de su dilatada vida militar.
—Eso me gusta —dijo el impulsivo Goro—. Me gusta que no mueras como un cerdo y que intentes luchar contra mí.
Y tras escupir estas palabras se lanzó contra el viejo samurái que no solo detuvo la estocada que le lanzó Goro, sino que además su arma, al chocar con la del joven desafiante, no solo paró el golpe, sino que se la rompió por la mitad.
—Vamos a dejarlo aquí —dijo Daichi, con voz y expresión profundamente entristecidas.
Goro no se conformó con el papel tan ridículo al que había sido relegado y, con el pedazo de catana que le quedaba intento ensartar al viejo samurái. Si insultarle había sido el primer craso error cometido por él, el segundo, el de querer matarle fue todavía peor. El anciano samurái quiso pararle el golpe, pero su espada, que debido a tantas luchas en las que había tomado parte, poseía autonomía propia, se dirigió al corazón de su asaltante y lo atravesó. Horrorizado por lo que acababa de ocurrir, Daichi dejó caer la espada al suelo y se cubrió el rostro para ocultar las lágrimas de congoja que brotaban de sus ojos, mientras la multitud lo aclamaba y su fama se incrementaba todavía más sin él quererlo.

HINDÚ INMÓVIL COMO UNA ESTATUA JUNTO AL GANGES (MIS VIAJES ALREDEDOR DEL MUNDO)

hindu bueno
Conocí a Abdali en Alemania. Él trabajaba allí de enfermero y yo de lavacoches. Nos hicimos amigos en un restaurante que, por sus precios módicos y su enorme tamaño, recibía masiva cantidad de clientes todas las noches. Abdali necesitaba enviar dinero a su casa, y yo lo mismo. Esta necesidad nos obligaba al pluriempleo, así que terminada la jornada en nuestros empleos fijos, durante el día, laborábamos por la noche de friegaplatos en la anteriormente mencionada casa de comidas.
Abdali y yo nos llevábamos muy bien. Los huevos duros y los filetes a medio comer, que nos llegaban dentro de los platos, los íbamos guardando en un par de grandes latas y él lo llevaba a familiares suyos y amigos de estos familiares, que pasaban hambre en un improvisado poblado de chabolas.
Decidimos coger las vacaciones juntos y él se comprometió a enseñarme, durante 13 días, que éstas durarían, lo más relevante de su país.
No cansaré a nadie contándole las bellezas y las miserias que cual-quier visitante de la India habrá visto en su recorrido turístico.
Me detendré solo en contar una anécdota que Abdali y yo vivimos en Benarés. Nada más entrar en los “ghats” (escalinatas de piedra), tuve la impresión de que habíamos llegado a un gran mercado, en vez de como me habían contado, un lugar propicio para orar, meditar y bañarse los devotos hindúes. Reinaba allí un gentío y un bullicio infernales. Hasta codazos nos dieron y dimos. Había un gran número de cremaciones en marcha. Mi amigo Abdali me dijo que algunos días éstas cremaciones alcanzaban la cifra de doscientas. Y me contó que todas corrían a cargo de una etnia llamada Doms. Etnia de parias que, antes de hacerse cargo de este apestoso insalubre y lucrativo negocio eran tan pobres, que lloraban cuando tenían un hijo, y se alegraban cuando éste moría.
—El jefe actual de los doms, se dice que es multimillonario.
—¿Pues cuánto cuesta cada incineración? —interesadísimo en cuanto me estaba contando.
—Varía. La más barato diez dólares y la más cara setenta.
—No parece tanto—opine.
—Para un hindú pobre, es una fortuna —me rectificó él—. Las cenizas las arrojan luego al Ganges, lo cual garantiza al muerto una buena vida eterna.
—Y a los vivos intoxicación seguramente.
Entonces él me explicó que el río era sagrado porque, a pesar de to-da la porquería que le arrojaban dentro, nadie enfermaba por bañarse en él.
Sentado en uno de los ghats reparé en la presencia de un hombre que consideré debía tratarse de un santón. Se hallaba sentado en la postura del Loto y mostraba una total impasibilidad en mitad de la multitud que circulaba a su alrededor. Iba vestido con harapos, llevaba la cara blanqueada con ceniza y lo mismo su larga barba. Sobre la frente le sobresalía una especie de tridente rojo y éste, y el rosáceo de sus labios eran las únicas notas de color en su persona.
Nos impresionó su impasibilidad. Ni siquiera parpadeaba. Hice un comentario que pretendió ser jocoso:
—No estará muerto, ¿verdad, Abdali?
—No. Se mueven levísimamente las aletas de su nariz —apreció él.
Nativos, turistas y vendedores contribuían a aquel ambiente masivo, agobiador. Nos dimos un paseo en barca y compramos algunas baratijas. Abdali negoció y las consiguió diez veces más baratas de lo que me habrían costado a mí.
Cuando regresamos del paseo marítimo por el Ganges, pasamos de nuevo al lado del santón, que seguía tan impasible como lo habíamos dejado casi una hora antes. Y a mí se me ocurrió algo que creí, en aquel momento una originalidad:
—Oye, Abdali, ¿por qué no le preguntas si está rezando o haciendo meditación trascendental?
Él me miró mostrando cierta contrariedad. Me ocurría de vez en cuando con él, estar en desacuerdo en nuestro sentido del humor. Sin embargo, se detuvo junto a aquel hombre-estatua y le hizo la pregunta indicada por mí. Y por fin perdió aquel santón su total inactividad de es-tatua y movió los labios. Lo único antes de volver a convertirse en estatua. Cuando Abdali se reunió conmigo (que le aguardaba a un par de metros de distancia), aprecié por la expresión de su cobrizo rostro, que es-taba disgustado.
—¿Qué te ha dicho? —quise saber curioso, notándole renuente a decírmelo.
—Me ha dicho que colecciona preguntas de curiosos. La mía es la ciento noventa y dos, hoy.
Le noté tan disgustado, que lo acepté por bueno. De ser cierto aquello, resultaba realmente chocante que un hombre santo lo único que es-tuviera haciendo fuese contar las preguntas estúpidas que le hacían. Y de ser así, resultaba de lo más sorprendente lo que podía interpretarse como gran muestra de humor en un hombre tan cargado de dignidad y seriedad.

LEYENDA ESQUIMAL (MIS VIAJES ALREDEDOR DEL MUNDO)

Nanuk-y-mujer-esquimal
(La mujercita esquimal y el oso Nanuk)
Todos hemos oído contar que los esquimales consideran un honor ofrecer, a los invitados que los visitan, a sus mujeres para el uso sexual, por lo que se cree que estos habitantes de las tierras árticas desconocen los celos; pero lo que se conoce muy poco de ellos son sus leyendas. He aquí un relato (retocado por mí para hacerlo más comprensible) que aparece en “Los últimos reyes de Thule”.
Un gran oso macho llamado Nanuk se enamoró perdidamente de una pequeña mujer esquimal, y ella disfrutaba mucho con sus atenciones. Este gran oso la visitaba cada vez que su marido salía a cazar, con la intención de que su presa fuese precisamente este gran oso.
En uno de sus primeros encuentros sexuales, mientras el oso y la mujer esquimal se hallaban el uno en brazos del otro, el animal le dijo a la mujer:
—Hembra hermosa, yo vivo muy arriba en la montaña. Hay que caminar dos horas para llegar allí. Mi iglú es muy bonito, pero en él, yo solo todo el tiempo, me aburro muchísimo. ¿Sabes?, me gustaría tener allí una linda mujer como tú, pero tú no quieres venir, y me obligas a reunirme aquí contigo. A mí no me importa recorrer tan larga distancia porque te amo. Lo que sí me importaría muchísimo sería que le dijeras a tu marido, que sueña con cazarme, el lugar dónde vivo. Nunca se lo digas porque si tal haces, yo lo sen-tiré en mi corazón, me enfureceré hasta la locura y me volveré muy peligro-so.
—No temas, Nanuk, nunca le diré a mi esposo dónde vives —aseguró ella acariciándole, cariñosa, la peluda cabeza.
Pasaron los días y el cazador apenas conseguía cazar nada y mucho menos a Nanuk, todo lo cual le tenía de muy pésimo humor. A veces hus-meaba al llegar a su iglú y exclamaba, suspicaz:
—¡Qué extraño! Aquí dentro huele a oso.
—Figuraciones tuyas —astuta su consorte—. El olor que notas debe ser el de tus botas, pues sudas mucho y tu sudor huele fuerte.
El cazador lo aceptaba. Y como la caza le iba cada vez peor se mostraba más y más huraño y desagradable con su esposa a pesar de que ella, para tenerle contento, limpiaba con esmero y se esforzaba en cocinar le mejor posible para él, los peces que ella pescaba. Mas su esposo no sólo se mostraba huraño con ella, sino que dejó de tener ganas de hacerle el amor.
Así estaban las cosas, cuando otra noche más, al ser la mujercita re-chazada por su marido se le escapó musitar en sueños:
—Nanuk… tú sí que me haces caso… Mucho caso…
Su esposo se despabiló enseguida y sacudiéndola le gritó, una vez con-siguió despertarla, amenazador a más no poder:
—Tú sabes dónde está ese maldito animal. ¡Te exijo que me lo digas inmediatamente! —zarandeándola brutalmente.
Ella, asustada, pues nunca lo había visto tan enfurecido, confesó:
—Nanuk vive allá en lo alto de la montaña, justo a dos horas de aquí en línea recta hacia el pico más alto que tú llamas Diente del Gigante.
El furibundo esquimal cogió al instante sus arpones y sus perros y to-dos salieron corriendo, en la dirección que la mujercita esquimal acababa de indicarle a su marido.
Pero cuando él y los canes llegaron al iglú del oso, lo encontraron va-cío. Había ocurrido que el corazón de Nanuk había sabido que la mujercita esquimal lo había traicionado y, llorando de pena y rabia había bajado, dan-do un rodeo para evitar al cazador y sus perros, hasta el iglú de éste.
Deseaba vengarse, vengarse de la mujer que lo había traicionado, pero al entrar en la vivienda y verla dormida, tan hermosa e indefensa, no fue capaz de causarle daño alguno, se limitó a destrozar a zarpados todo el iglú y a continuación se adentró mucho más profundamente en la montaña. Jamás volvió Nanuk a ver a la mujer que amaba y murió de vejez y tristeza por el amor de ella perdido para siempre.
NOTA: En la historia original no aparecen los nombres de la mujercita esquimal ni tampoco el de su marido.

LA FÁBULA INDIA DEL ELEFANTE BLANCO (MIS VIAJES ALREDEDOR DEL MUNDO)

LA LEYENDA DEL ELEFANE BLANCO
(Me lo contaron en Agra—India)
Cuenta una antigua fábula hindú, que hubo una vez tres grandes sabios que embarcados en la exploración de los Misterios Universales decidieron salir en busca del “Sagrado Elefante Blanco” que para ellos, según sus ancestrales creencias, representaba la VERDAD SUPREMA. Los tres sabios tenían en común el defecto físico de ser ciegos, pero esto no les impedía avanzar guiados por sus otros sentidos y los poderosos ojos de su alma.
Buscaron al “Sagrado Elefante Blanco” en grandes ciudades, sin éxito alguno. Llegados finalmente, agotados, a un pueblecito humilde y allí, un anciano, al ser preguntado por ellos, les indicó el lugar donde hallarían a ese elefante especial que estaban buscando.
Los tres ciegos anduvieron, a partir de aquel momento, con todos sus sentidos aguzados al máximo, a excepción del sentido de la vista porque éste no lo poseían. Llegó el atardecer y, aunque se encontraban exhaustos, siguieron buscando y por fin oyeron y olieron la presencia del “Sagrado Elefante Blanco”. Henchidos de emoción corrieron hacia él, que se encontraba tumbando plácidamente sobre un montón de hojas. Uno de los ancianos sabios se agarró fuertemente a su trompa, extasiado. Otro de los sabios ciegos se abrazó a las patas del paquidermo, con igual embeleso. Mientras el tercero rodeó tiernamente con ambos brazos una de las grandes orejas del animal.
Cada uno de los sabios experimentó al entrar en contacto con el elefante sagrado un sinfín de emociones, de experiencias y sensaciones, tanto interiores como exteriores, recibiendo de este modo la bendición del “Sagrado Elefante Blanco”.
Logrado esto, los tres sabios regresaron a su aldea donde se reunieron en una choza y allí compartieron las sensaciones y emociones que el encuentro con aquel animal sagrado les había transmitido. Y entonces surgieron entre ellos vehementes discusiones sobre “la Verdad”. El anciano que tuvo cogida la trompa del paquidermo dijo:
—La “Verdad” es larga, rugosa y flexible.
El anciano que estuvo cogido a las patas del animal dijo:
—La “Verdad” no es así, “la Verdad” es dura y mediana, como un grueso tronco de árbol.
El anciano que tuvo en sus manos la oreja del paquidermo rechazó las explicaciones de los otros dos y dijo:
—Estáis equivocados: “la Verdad” es fina, amplia y se mueve con el viento.
Tras esta demostración de total desacuerdo, los tres sabios se fueron cada uno por su lado, visitaron muchos países y en todos ellos difundieron su “Verdad”. Los tres habían llegado a encontrar la Divinidad, pero no percibieron su amplitud, sino que se limitaron a experimentar una parte, no el Todo, por lo tanto, aunque sinceros y honestos en su prédica, erraron al expandirla, expandir “la Verdad” debido a su propia limitación mental.

CAMBOYA Y LA LEYENDA DE LA ABUELA MAUW (MIS VIAJES ALREDEDOR DEL MUNDO)

camboya
CAMBOYA Y LA LEYENDA DE LA ABUELA MAUW
En Phnom Penh alquilé una motocicleta, como medio de transporte para desplazarme por este maravilloso país asiático llamado Camboya. La moto era vieja, oxidada y llena de abolladuras. La alquilaba un simpático e incansablemente risueño camboyano que apenas me llegaba al hombro y era tan moreno de cara como quedaba yo, de muy joven, al final del verano de tanto tomar el sol playero de Marbella.
Con franqueza le expuse mis dudas sobre su buen funcionamiento y él me aseguró, sin perder la sonrisa, convencido y convincente, que a pesar de no tener un aspecto maravilloso, su motocicleta funcionaba hasta mejor que una nueva. Porque él me cayó bien, y porque poseer un espíritu aventurero significa tener una importante vocación a buscarte complicaciones y correr riesgos, se la alquilé, justo es decir que baratísima.
Aquel deslucido vehículo de dos ruedas, que habría dado la mitad de la explotada existencia que le quedaba por una piadosa capa de pintura, poseía un motor que no diré, por el estruendoso ruido que escapaba de su apolillado tubo de escape que petardeaba, sino que cañoneaba. Me monté en ella lleno de desconfianza comprobando que, al igual que burra vieja, avanzaba despacito, jadeando y gimiendo cada vez que por un descuido mío sus parcheadas ruedas entraban en contacto con un bache o con un hermano mayor suyo, el socavón.
Mi destino de ese día era Sihanoukville, una especie de paradisiaco complejo turístico, recomendado como lugar ideal para nadar, bucear, tostarse al sol, alojarse en una casa de huéspedes junto a la playa, hacerse gourmet de los numerosos tenderetes callejeros provisto de variada comida exótica y sin garantías higiénicos; y si me quedaban todavía ganas de ver más templos budistas, podría admirar alguno más (todo lo que acabo de ex-poner sobre Sihanoukville, llegado su momento, debo reconocer que resultó ser totalmente cierto, para gozo de mi cuerpo, de mi vista y de mi paladar).
Bueno, a lo que iba, pues es mi intención escribir aquí sólo una anécdota y no un libro de viajes. A unos ciento veinte kilómetros de mi meta, Sihanoukville, encontré a varias personas paradas lavando sus coches con el agua de una fuente y decidí darle un pequeño descanso a la motocicleta que empezaba a quejarse muy sospechosamente, soltando nubes de humo apestoso y liberando su motor una temperatura de horno. Me bajé, di unos pasos para que se me desentumecieran las piernas, me masajeé las nalgas maltratadas por el duro asiento que tenía tres o cuatro agujeros por los que asomaban sus tripas de espuma verde, muelles rotos y la suspensión difunta también.
Procuré no darle demasiado protagonismo a la lógica preocupación por estos facto-res negativos, y apreciar los hechos positivos de que lucía el sol, la vegetación cercana me traía gratos olores y el también agradable rumor de voces de la gente que tenía cerca. La lengua camboyana, menos cuando se emplea con ira, suena en cierta medida musical
Decidí dirigirle la palabra al primer nativo que se me quedó observando con abierta curiosidad y sonrisa amistosa. Se trataba de un anciano de muy arrugada piel color canela y dentadura lastimosamente estropeada. Fracasé en mi uso del inglés, acompañado de mímica graciosa. Recordé entonces el prolongado periodo de dominio galo que padeció este país, tiempo en el que fue el francés la segunda lengua que se le impuso. Y le hablé en este idioma. Sus ojillos se iluminaron y su sonrisa se ensanchó tanto que las comisuras de sus labios casi le rozaron las orejas. Y, aunque empleando un tono gutural, el anciano hablaba muy bien la lengua del país que inventó la guillotina y el can-can. Mostrándome franca curiosidad me preguntó de qué país era yo. Se lo dije.
—¡Ah, ese pueblo que está por debajo de Francia! —exclamó realizando un alarde geográfico.
Resultó ser este anciano un gran parlanchín y más curioso que una suegra. Quiso saber qué hacía yo en su país, quiso saber si me gustaba su país, si me gustaban sus habitantes, si me parecían guapas las jóvenes camboyanas, si estaba yo casado o soltero. Temiendo, llegado a este punto, que me propusiera conocer a alguna hija suya en edad de casorio, le forcé a cortar su interrogatorio preguntándole si molestaría a alguno de los paisanos suyos, que lo estaban haciendo a sus vehículos, lavase yo también un poco mi motocicleta cubierta de polvo.
—¡Oh, tendrá mucha suerte si lava su máquina con esa agua! Esa agua es sagrada —afirmó.
—¡Vaya! ¿Y por qué es sagrada?
—Porque allí se encuentra el altar de la venerada abuela Mauw —me señaló.
Le di las gracias y le dije adiós en su idioma, del que llevaba aprendidas unas pocas palabras, y le hice feliz:
—Baat. Chum rieb lie.
Para no ser menos cortés que él, agitándome todo el tiempo su mano, conduje la motocicleta con una de las mías y con la otra le estuve devolviendo el saludo, hasta que comenzó a dolerme el hombro.
Llegué junto al altar que acababa de serme indicado, y me llevé la sorpresa de que en él había reunidos una gran cantidad de penes de madera (la mayoría), y también algunos de otros materiales. Una mujer regordeta, de mediana edad, que me dedicó una sonrisa y un saludo:
—Su-sa-dey (hola).
Le devolví el amable saludo y le pregunté si hablaba francés. Resultó que sí lo hablaba, aunque con peor dominio del mismo que el anciano que yo había conocido anterior-mente. Le pedí me informase sobre qué simbolizaba toda aquella chocante colección de falos artificiales, y ella tuvo la amabilidad de contarme la leyenda de la abuela Mauw.
Se llamó así una antigua heroína camboyana que alcanzó gran celebridad luchando contra los invasores tailandeses. Según la leyenda, durante una batalla, el jefe que comandaba a los soldados camboyanos le propuso a la joven Mauw (que había destacado notablemente por su valor e inteligencia), que tomara ella el mando de los combatientes nacionales. Mauw, demostrando admirable modestia, se negó a aceptar tan alto cargo por no considerarlo apropiado para una mujer. Entonces, para demostrar incondicional acata-miento a su persona, los guerreros se cercenaron sus miembros y se los ofrecieron simbolizando con esta bárbara acción que ahora ella poseí todos los símbolos de autoridad masculina.
La comandante Mauw, a partir de aquel día combatió junto a sus soldados demostrando extraordinario arrojo y admirable estrategia, derrotando finalmente a sus enemigos que formaban un ejército mucho mayor en número de hombres y de armas, que el suyo. Después de la muerte de esta heroína, que aconteció teniendo ella una avanzada edad, se construyó en su honor el altar junto al que nos encontrábamos y éste quedó convertido en centro de culto al que acude la gente a pedir, a la que llaman cariñosamente abuela Mauw, ayuda para la impotencia, para la infecundidad, para el desamor, y, al lavar sus vehículos con el agua sagrada de su fuente lo ponían a salvo de averías y accidentes. También supe, por mi amable informadora, que el jefe de este centro religioso (que no se hallaba presente en aquel momento), pretendiendo obtener algún beneficio extra, aseguraba que en varias ocasiones se le había aparecido el espíritu de la abuela Mauw y le había dicho que ella estaría más contenta si sus devotos, además de penes, le dejaran algo de dinero. La gente, maliciosa creía que aquellos sueños se los inventaba el hombre que cuidaba el altar y se trataba de un astuto ardid, por su parte, para medrar a costa de los crédulos.
Agradecí a aquella mujer su información, la recompensé con un par de monedas de mi país, que ella agradeció exageradamente y nos dijimos, con mejor acento por parte de ella:
—Chum ri-eb li-e. (Adiós)
Soy agnóstico y supersticioso lo menos posible. Por lo tanto, sólo por necesidad lavé mi motocicleta con agua sagrada, y también hice lo mismo con mis manos, y mi cara. Y rematé todo lo anterior bebiendo de la misma hasta que mi barriga dijo basta.
Bien, sin faltar un ápice a la verdad, aseguro solemnemente que aquel tronado artilugio mecánico alquilado por mí no se averió ni una sola vez durante los doce días más que permanecí viajando por Camboya. No sufrió contratiempo alguno mi salud por las plagas de bichos que circulan impunemente por el aire. Tampoco mi estómago, con la exótica y nada controlada higiénicamente comida del país (a veces tan picante que me hacía llorar más que llora una plañidera), y la digerí igual que si yo fuera un nativo.
Adquirí algunos recuerdos y lamenté, infinidad de veces no haberme traído a casa un par de garrafas de la fuerte de la abuela Mauw, que me habría podido sacar de más de un problema intestinal, avería en mi viejo y baqueteado utilitario, y prestarme ayuda en un par de amores que se me torcieron tristemente sin yo quererlo así.